Fotografía del cadáver del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva, México, 2009
Fotografía del cadáver del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva, 2009.
México. © Ap México

El capo de la droga: Arturo Beltrán Leyva cayó abatido a balazos el miércoles de esta semana tras el enfrentamiento que mantuvo con efectivos de la marina mexicana en Cuernavaca (Morelos, México), municipio alejado de las costas. La fotografía de su cadáver ensangrentado cubierto de billetes de pesos y dolares, manchados también de sangre, ha dado la vuelta al mundo y ha generado mucha polémica. La controversia no se centra tanto en el por qué de la publicación de su retrato postmortem, sino en las condiciones en las que se ha realizado la fotografía.

El cadáver está encima de una sábana blanca que se ha colocado en el suelo y, sobre el cuerpo, la distribución de dinero ofrece una puesta en escena dantesca. Hay otros detalles que no pueden pasar desapercibidos, como los pantalones bajados del capo. Toda la puesta en escena se presenta en forma de mensaje. El falso problema que se plantean en estos momentos las autoridades es saber quién hizo la fotografía, que se sale de los protocolos habituales de las tomas forenses, en las que el cadáver es fotografiado en el contexto en que se le encontró; siguiendo siempre los criterios de la investigación.

En este sentido y, según informaciones publicadas en el diario mexicano El Universal, las autoridades niegan haber realizado la fotografía y han iniciado investigaciones para determinar quién podría haberla tomado. Según ese mismo periódico, desde la Secretaría de la Marina, responsable del operativo contra Beltrán Leyva, se ha negado categóricamente cualquier participación en la realización de la fotografía y en la forma de exponer al cadáver ante los medios de comunicación del mundo entero. Lo que resulta evidente es que sólo las autoridades tienen acceso a la escena del crimen, pero de pronto hay que hacer una investigación por qué nadie sabe del teatro que se llevó a cabo con el fallecido y las manipulaciones perversas a las que fue sometido el cuerpo, ni quién tomó la imagen.

La fotografía, que fue realizada en el apartamento de Cuernavaca en el que se llevó a cabo el operativo contra Beltrán Leyva, fue publicada en portada por el diario mexicano Reforma y es realmente impactante e inquietante. No hay que olvidar el contexto en el que se mueve la fotografía. Por un lado, es una muestra del problema del narcotráfico en México, que oscila entre la brutalidad del ejército y la brutalidad de los propios narcotraficantes. En algún sentido, todas las imágenes surgidas en la lucha contra el tráfico de drogas son de guerra, de una guerra por el poder de la distribución de estupefacientes en el país mexicano. La fotografía del cadáver de Beltrán Leyva no deja de expresar otra cosa más que una violencia radical, por obtener el dinero que deja la distribución de droga para el entramado del narcotráfico en México. Y ahí está el dinero ensangrentado como símbolo de la radicalidad de la lucha. Pero las fotografías que surgen de la batalla contra el narcotráfico tienen también que ver con el contexto de problemática social severa en la que se mueve México, con sueldos muy bajos que no permiten acceso a las necesidades básicas de alimentos, vivienda, sanidad, etc. Hay que analizar de qué forma se relaciona el fenómeno del narcotráfico con la miseria y problemática social en México. Las fotografías de unos y otros casos facilitarán, sin duda, la naturaleza y especificaciones de esos nexos.

El retrato postmortem de Beltrán Leyva permite poner a debate ciertas cuestiones, muchas de las cuales tienen que ver con la hipocresía que hay en México (y en otros muchos países) en lo que respecta a la lucha contra el narcotráfico y otros problemas de índole social, económico y cultural; además de las polémicas que surgen cuando se publican fotografías de cadáveres. Entonces, al lado de la fotografía y de las controversias postizas que le van saliendo, hay todo un discurso respecto a la personalidad malvada de Beltrán Leyva y a su currículum violento que parecen justificar el asesinato y cualquier otra cosa: manipulación del cadáver, tomas vejatorias del fallecido, etc. Pero, el retrato postmortem del capo es como un libro abierto, a pesar de que apenas se le ve cubierto como está por billetes ensangrentados y, detrás de la imagen, hay muchas lecturas.

Entonces, la pregunta que se plantea es: ¿por qué la fotografía representa una venganza y un aviso? Y es por qué se plantea esta pregunta muy comprometida que, de pronto, ya no hay fotógrafo conocido para la imagen. Bien, así están las cosas entonces. Mientras tanto, el dispositivo contra los Beltrán Leyva continua. En el camino han muerto con él varios sicarios, además de otras personas inocentes. Y el teatro por controlar el dinero de la droga sigue y, mientras tanto, el terror se impone y se hace visible desde las fotografías. El intercambio de mensajes de los bandos a través de este retrato postmortem es una hipótesis que toma forma desde la expresión visual. Llegarán nuevos mensajes terroríficos y, seguramente, alguno de ellos desde las fotografías publicadas por los medios de comunicación.


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BENJAMIN, Walter, Sobre la fotografía, Pre-Textos, Valencia, 2004, pág. 40.
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