Masa encefálica de León Trotsky
Masa encefálica de León Trotsky, 1940. 220546.
© SINAFO-Fototeca Nacional de México

La fotografía muestra la masa encefálica de Leon Trotsky, después de haber sido extraída por los médicos forenses. Se enseña de forma directa a la cámara, con la intención de poner en evidencia su gran tamaño. Trotsky, uno de los líderes destacados de la Revolución Rusa, murió asesinado en Ciudad de México en 1940, donde se refugiaba de la persecución de Stalin.

La noticia del asesinato, ordenado por Stalin, tuvo una presencia importante en los periódicos de la época y se ilustró con numerosas imágenes; algunas de las cuales se habían hecho durante la autopsia que se le hizo al intelectual e ideólogo comunista. Como es sabido, el asesino golpeó en la cabeza a Trotsky con el extremo de hierro de un piolet (bastón de alpinista) y el periódico mexicano La Prensa, por ejemplo, publicó, entre otras, dos fotografías de marcado perfil forense con el siguiente titular: Macabro epílogo. En una de ellas se ve el agujero que le había producido el impacto en el cráneo. Para poner en evidencia en la imagen el tamaño de la herida de entrada, uno de los ayudantes forenses introdujo su propio dedo en la corteza cerebral, marcando así al mismo tiempo la trayectoría seguida por el piolet al penetrar en la cabeza. En la otra fotografía, se observa ya directamente la lesión que la agresión produjo en la masa encefálica y, en ella, se observan las manos del forense señalando con un instrumento médico donde está la herida mortal.

La fotografía que incluyo hoy en esta sección de Imagen Destacada es, junto con las dos a las que acabo de referirme que publico La Prensa, las que más se acercan a la fotografía forense de todas las que se editaron en los medios de comunicación sobre el crimen. El acercamiento visual a los rastros que el asesino ha dejado en el cuerpo es una característica de la práctica forense, que tiene como objetivo captar en primeros planos: heridas, magulladuras y, en general, los elementos patológicos y huellas que permiten explicar como fue el crimen y quién lo realizó. En conclusión, la fotografía se torna esclava eficiente para la práctica científica y policial, de tal forma que todos los avances técnicos son inmeditamente puestos en práctica para las tareas de investigación criminal.

En esta imagen del Archivo Casasola de la Fototeca Nacional de México, que el investigador Jesse Lerner incluyó en su libro sobre la fotografía criminalística en ese país, se observa la pose de exhibición del examinador de cadáveres. En un ejercicio divulgativo, la fotografía forense acaba convirtiéndose en aleccionadora en casos como éste, donde el forense o ayudante enseña a la cámara las vísceras dañadas de Trotsky, no con un carácter científico sino a modo de conclusión macabra. Ahora bien, la inteligencia del líder ruso, que se deduce del gran tamaño de su masa encefálica, se entrecruza en la fotografía con otras dos cuestiones destacables: por un lado, con la huella radical del crimen en un órgano vital y, por otro, con la exhibición despreocupada en la prensa de forenses que se dejan retratar con vísceras. En todas estas fotografías que se hicieron con los órganos de Trotsky, sólo se les llega a ver las manos y una parte de sus batas. No sucede lo mismo con otras tomas, hasta cierto punto mucho más pudorosas y teatrales, en las que se ve al completo al equipo de forenses trabajando alrededor del cuerpo del ideólogo y que también se publicaron.

Evidentemente, las fotografías forenses que muestran las vísceras ofrecen un plato fuerte en lo que se refiere a los aspectos más espeluznantes del crimen, sólo comparables a la radicalidad del asesinato y a la sangre fría con la que se planeó y organizó. Sin olvidar otro aspecto bastante inquietante que tiene que ver con la forma en que las "manos" de la ciencia se apropian de los cuerpos y de sus vísceras en la investigación forense y policial. Porque los guantes de los médicos no consiguen borrar del todo las huellas de la manipulación a la que sometieron al cadáver de Trotsky, en un ejercio inquietante de exhibición de poder mediante la muestra de vísceras.


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Cita

«Vio y creyó» (et vidit, et credidit), anota lapidariamente San Juan: creyó porque vio, como más adelante otros creerán por haber tocado, y otros incluso por no haber visto ni tocado.

DIDI-HUBERMAN, Georges, Lo que vemos, lo que nos mira, Manantial, Buenos Aires, 1997, pág. 23.
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