Rebelión Cristera, México, 1928. © IISUE / AHUNAM / Fondo Aurelio Robles Acevedo.
Rebelión Cristera, México, 1928.
© IISUE / AHUNAM / Fondo Aurelio Robles Acevedo.

Esta fotografía es de un campesino, que muestra a la cámara las cabezas de dos cristeros (seguidores cristianos), que previamente ha seccionado. La imagen apareció publicada el 8 de octubre de 1935 en la revista mexicana: Sucesos para todos ocupando toda la portada, con el siguiente titular: “El cortador de cabezas”.

La fotografía pertenece a los acontecimientos históricos conocidos como la Rebelión Cristera o Cristiada, que tuvieron lugar en México entre 1926 y 1929 y posteriormente en los años 30, aunque de forma menos intensa. La guerra enfrentó al gobierno revolucionario de Plutarco Elías Calles y al ejército mexicano contra sectores cristianos de todos los estamentos que se oponían a sus reformas religiosas.

El relato de la revista intenta presentar los hechos como los de la venganza personal de un loco, dentro del contexto general del conflicto; pero haciendo hincapié en que se trata de un acto terrible, pero atribuible sólo a una persona. Según esta publicación, el hombre de la fotografía combatía del lado del ejército y un día en una batalla pierden la vida dos de sus hermanos. Esperando la oportunidad para vengarse, en el siguiente combate (ocurrido el 17 de junio de 1928) corta la cabeza a dos cristeros que estaban colgados de un árbol y que ya habían sido ahorcados por sus compañeros de armas. La revista explica lo sucedido en los siguientes términos: Jadeante, hecho un loco, se acerca a ellos cercenándoles las cabezas, toma una en cada mano y así marcha hasta llegar a su campamento, exhibiendo triunfalmente por todo el camino aquellos macabros trofeos.

Y, si bien no se refieren en el artículo al instante exacto en el que se le hizo la fotografía, sin embargo sí hablan de los momentos posteriores: Al llegar ante uno de sus jefes quiso hablar, pero las fuerzas lo abandonaron; solamente alcanzó a balbucir frases ininteligibles, desplomándose como herido por un rayo, rodando al mismo tiempo por el suelo aquellos restos humanos con los ojos inmensamente abiertos, como si trataran de no perder un detalle de las convulsiones epilépticas que en aquellos momentos sufría su profanador.

De ese modo, gracias a este relato, la fotografía queda contextualizada dentro de un contexto de patología individual no atribuible al conjunto de los militares. Sin embargo, la contundencia de la imagen ofrece un dramatismo peculiar que involucra a todos sus personajes. La exhibición de las dos cabezas ante la cámara escenifica también, hasta cierto punto, el odio hacia el otro. Los cadáveres actúan así a modo de trofeos.

Al tratarse de una publicación sensacionalista, de nota roja mexicana, el interés de la información se centra, no sólo en los aspectos políticos, sino en todos aquellos que se refieren directamente al suceso; lo que justificaría en cierto modo su posicionamiento:

Uno de los casos más siniestros, más inexplicables por su monstruosidad, de que se tiene conocimiento; es el acaecido durante el último movimiento subversivo por algunos elementos desafectos al Gobierno (…) El hecho es uno de aquellos que, rebasando los límites de la venganza, degenera en lo inconcebible; adoptando lineamientos fantásticos, algo en sí tan truculento, tan pavoroso, que no admite tan sólo simples críticas o comentarios, sino más bien, se hace acreedor a un profundo y concienzudo estudio en materia de psicología y psiquiatría (…) La elocuencia de la fotografía con que se ilustra este relato es más que suficiente para demostrar los negros perfiles de su magnitud.

Hay que tener en cuenta, además, que esta noticia y la fotografía (que corresponden a hechos ocurridos el 17 de junio de 1928) se publican en esta revista en 1935, en el momento en que se había producido un conato de revuelta, conocido como la Segunda Cristiada; por tanto, años después de haber ocurrido y en un momento político de efervescencia del conflicto religioso. Por eso, la fotografía tiene un papel inesperado en este contexto: el de simbolizar un odio patológico hacia el enemigo, al tiempo que rememora todos los excesos cometidos durante la guerra cristera. Y la radicalidad de la imagen y el modo exaltado en que se relatan los hechos, por otro lado, deja que se pueda cargar la culpa sobre el combatiente de a pie y no sobre el gobierno o el ejército en pleno; de esta forma puede cumplirse plenamente la función propagandística y persuasiva del reportaje.


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