El Museo de la Fotografía de la Ciudad de México presenta hasta el próximo día 14 de Noviembre la exposición: La Castañeda. Imágenes de la locura. Cien años después. La muestra está compuesta por un total de 83 fotografías realizadas en el mítico psiquiátrico mexicano, que pertenecen a distintos fondos, entre los que se encuentran: La Fonoteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Archivo Manuel Ramos y otras colecciones particulares.

La Castañeda

Según han recogido los diferentes medios de comunicación mexicanos, los organizadores han querido dejar claro que, uno de los objetivos principales de la exposición, es mostrar como fue la vida cotidiana de los 65.000 enfermos que habitaron estas instalaciones psiquiátricas durante los 58 años que permanecieron abiertas (1910-1968). Así expresado parece cosa sencilla, pero realmente a una se le ocurre que es realmente muy difícil construir la imagen de la cotidianidad del enfermo estigmatizado y recluido en un espacio siniestro, como lo fue sin duda el manicomio de La Castañeda.

En todo caso, las decenas de enfermos mentales que deambulan en la actualidad por las calles de Ciudad de México, sin ningún tratamiento médico, ni atención de ningún tipo, dejan también con claridad (esta sí) la cotidianidad de los enfermos en la Ciudad de México, que no es otra más que la de un maltrato y abandono permanentes. Imágenes nítidas del enfermo mental en la calle, contemporáneas, que ahora resulta muy interesante confrontar con estas otras antiguas: fotografías tomadas en los espacios perversos de La Castañeda. Pero, tampoco conviene olvidar que los psiquiatricos actuales de México siguen siendo lugares difíciles, porque la historia negra de la psiquiatría en ese país, me parece a mí, no empezó y acabó con la Castañeda, sino que más bien fue el primer escalón o un momento clave cuanto menos.

Es que, a veces, una tiene la sensación de que se le prepara al espectador para que intente ver en esas imágenes un pasado, una realidad que fue frente a una supuesta renovación de las instituciones psiquiátricas y del tratamiento del enfermo a nivel institucional y social, cuando de fondo se mantienen los mismos problemas de siempre que derivan del internamiento y del aislamiento o marginación que padecen los aquejados de enfemedades mentales.

Precisamente, la muestra que ha precedido a esta de La Castañeda en el espacio emblemático del Museo Archivo de la Fotografía ha sido la de Expofotoperiodismo 2010. Recuerdo perfectamente haber visto y tomado notas de una fotografía que me llamó la atención del rostro de un enfermo mental. La fotografía, realizada en el 2009, de Alejandro Saldivar iba acompañada del siguiente texto: Mientras que el Gobierno Federal no se quiere responsabilizar de los enfermos mentales, el Centro de Asistencia Social Cuernanco, en el Distrito Federal, alberga a 200 personas con problemas mentales serios. También se decía en el texto que el 80% de los enfermos eran abandonados por sus familiares. Además, había otra fotografía realizada por Marco César Ontiveros que titulaba: Miradas inocentes y en la que la atención se centraba, precisamente, en la mirada de un enfermo mental que había estado encerrado durante algunos meses por sus familiares. En fin, un desastre absoluto todo esto.

Es sólo un hecho anecdótico que la de expofotoperiodismo haya precedido a ésta de la Castañeda, pero también tiene a su manera cierta importancia. Las fotos periodísticas del 2010 han sido unos teloneros excepcionales porque han ofrecido un puzzle visual sin igual del caos de violencia, marginación y sangre que vive México. Con eso y con todo se notaba cierta censura en expofotoperiodismo, faltaba algo de contundencia y temor de enseñar imágenes demasiado duras. Así que los contenidos visuales estaban un poco retenidos. Pero, en cualquier caso, dejaban ver bien la violencia que se vive en el país y las situaciones tan difíciles que afectan a sus habitantes.

Evidentemente, al visitar una exposición como la de La Castañeda también el espectador se enfrenta con una cuestión importante que tiene que ver con lo que no se muestra ahí (como pasaba en la de Expofotoperiodismo). Pero al margen de esas invisibilidades y ausencias (unas más comprensibles que otras), el enfermo unído siempre a las instalaciones, a los otros pacientes y a los psiquiatras, se exhibe generalmente enigmático y trascendental. Ya bien sea en imágenes posadas o en otras más espontáneas, la cotidianidad del enfermo es siempre diferente a lo normal y eso también tiene su encanto estético.

Rostros siempre enigmáticos y fascinantes, que contiene cierto poderió porque son capaces de mostrar su lado bueno, aún cuando vivieron en las sombras y en las garras de la psicosis y de la incomprensión social. No se si por desgracia o por fortuna, o por qué suerte de hechizo, algunas de estas imágenes son capaces de salvar el honor de la psiquiatría y de la sociedad. No es sólo una cuestión de propaganda sino un proceso más complejo. También hay algo de circo de feria, cuando lo que se trata es de ofrecer a las miradas curiosas una colección de seres catalogados como trastornados. Claro que además hay que tener en cuenta que la infamia, los abusos, los crímenes y la traición están convidados en esas fotografías y no se debe olvidar.

La Castañeda fue inaugurada por el presidente Porfirio Díaz en septiembre de 1910, coincidiendo con la celebración del centenario de la independencia de México y, dos meses después de su apertura, tuvo lugar la Revolución Mexicana. Por tanto, su puesta en marcha se llevó a cabo en un momento histórico trascendental. En este año 2010 que México celebra el centenario de la Revolución y el bicentenario de la Independencia, La Castañeda cumple 100 años desde su construcción y, aunque hace ya 42 años que cerró, se siguen aportando nuevos datos e historias. Por ejemplo, Juan Hernández publicó en agosto pasado en el diario mexicano El Universal un artículo titulado: La historia desconocida del Hospital La Castañeda y, entre otras cosas, cuenta como tuvo lugar el derrumbamiento de la fachada y su posterior reconstrucción:

El manicomio de La Castañeda, protagonista de una de las historias más oscuras de dolor humano en México en el siglo XX, fue derruido en 1968 por orden presidencial. Pero no todo desapareció de aquel hospital que para miles de personas significó una vida en el infierno; sobrevivió la fachada majestuosa de estilo francés, que piedra por piedra fue trasladada de la ciudad de México a Amecameca, en donde hoy resguarda celosamente la vida religiosa de Los Legionarios de Cristo.

Juan Hernández menciona, además, a dos historiadores e investigadores mexicanos que han estudiado en profundidad el tema de La Castañeda: a Cristina Rivera Garza y a Andrés Ríos, comisario de la exposición La Castañeda. Imágenes de la locura. Cien años después. De Cristina Rivera destaca 2 libros: la novela Nadie me verá llorar y el ensayo Castañeda Narrativas dolientes desde el Manicomio General. México 1910-1930.

Recoge este periodista algunas declaraciones de interés de Cristina Rivera, quien considera que detrás de la apariencia de modernidad de La Castañeda estaban las voces del infortunio, quebradas, rotas, fuera de la modernidad y por encima de la modernidad. Se trata de una institución ambivalente, de ahí su complejidad y su permanencia en el imaginario social. Una nación que no pone atención a sus voces más dolientes es una nación que va a tener o ya tiene muchos problemas. La Castañeda nos viene a recordar eso

Para esta investigadora, cuando se trata de definir qué es lo racional y qué es lo irracional, que es lo normal y que es lo anormal, no sólo se trata de una discusión médica, es una discusión política. Y es tal vez la discusión más importante que tenemos como ciudadanos. Y también recuerda como al comenzar el siglo XX, el médico se estaba convirtiendo en psiquiatra y el interno en paciente. Ambos se necesitaban para completar la construcción de esas identidades.

La exposición fotográfica propone, por consiguiente, una reflexión extensa sobre varias cuestiones relacionadas con la locura, la modernidad, la psiquiatría, la violencia social contra el enfermo y los diferentes modos en que las imágenes son testigos de todos estos discusos trascendentales. También está en juego adentrarse en la oscuridad del infierno de La Castañeda y poder intuir las huellas del horror y del dolor de sus pacientes en las fotografías, testigos definitivos (una vez más) de una historia de terror.


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Si la fotografía ejerció una profunda influencia en la visión del artista, también cambió además la visión que el hombre tenía del arte.

FREUND, Gisèle, La fotografía como documento social, Gustavo Gili, México, 1993, pág. 87.
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