La casa inundada - José Mariano Leyva
  • Título: La casa inundada
  • Autor: José Mariano Leyva
  • Editorial: Literatura Random House
  • Lugar: Ciudad de México
  • Año: 2016
  • Páginas: 194
  • ISBN:9786073143295

Tema

La casa inundada es un relato autobiográfico, donde Leyva nos va contando episodios emotivos e inquietantes, ocurridos durante la infancia, que han marcado su personalidad.

Resumen

Luis ha estado tres días en un hotel de lujo con una mujer mucho más joven que él; durante los cuales ha abusado del alcohol y la cocaína. Inquieto por la situación, huye del hotel y se para a reflexionar en una colina, desde donde divisa la habitación en la que ha estado alojado, para llegar a entender cómo ha llegado a esa situación. En ese momento, una mantis religiosa se posa en su pierna y "el curso de mis pensamientos viró hacia otro sitio. Lejano muy lejano. Volví a llorar. Pero esta vez lloraba como un niño"1. A partir de ese momento, el protagonista vuelve a su infancia para recordar a los hechos, las personas y las emociones más importantes de esa etapa de su vida; al mismo tiempo que vamos conociendo algunos episodios traumáticos de su época de adulto, como la ruptura de su matrimonio, la muerte de su padre y un desengaño amoroso, entre otros.

El peso del pasado retorna a partir de la mantis religiosa, que le lleva a su primer recuerdo real que es la separación de sus padres: Mario y Fátima; aunque su memoria haya desplazado este recuerdo doloroso centrándose en una mantis, una vaca y un asado argentino: "Un recuerdo falso. Una vivencia real (...) fue a mis tres años cuando mi madre se separó de mi padre para irse a vivir al lado de un argentino. Sin embargo, a esa edad es más fácil aterrarse por la muerte de una vaca que echarse un clavado en la marea de dolor que provoca una separación".2

Ese capítulo trágico de su vida: la separación de sus padres convierte a Luis en un niño que esconde y disimula sus sentimientos y el dolor que siente; para lo cual deberá inevitablemente recurrir a la mentira también frente a su protectora hermana Alejandra dos años mayor que él: "Dentro del mundo de Mario, yo fingía demencia mientras que Alejandra me cuidaba (...) Entonces al regresar del orbe Mario, yo la trataba de cubrir con mi mentira".3 Los engaños se producían en el contexto de preocupación que escenificaba su hermana al ver como se quedaba solo Mario después de pasar los dos hermanos un fin de semana con él; Luis se inventaba entonces alguna acompañante femenina para tranquilizar a Alejandra: "No está solo, Alejandra; cuando tú te dormiste yo vi cómo le daba besos a Luisa".4

Tras la separación de sus padres, Fátima (su madre) y Roberto (su padrastro), el argentino del asado, pasaron penurias económicas mientras ponían en marcha una compañía de títeres; con la que conseguirían salir adelante poco a poco. En los primeros momentos, tanto Luis como Alejandra, sufrieron los efectos de la situación de precariedad económica. Por eso, durante un año vivieron en la Ciudad de México no en Cuernavaca, y una parte de ese tiempo lo pasaron en una casa con muchos niños en situaciones personales complicadas. Luis tenía malos recuerdos de esa casa: mal ambiente, una sopa asquerosa y tres hermanos nicaragüenses (dos niños y una niña) que destrozaban las cosas. Ya de adulto, Luis se enteró de que los padres de esos tres niños más agresivos que el resto "fueron torturados hasta la muerte enfrente de ellos. Que los observarán era parte de la tortura"5.

Luis recuerda, además, algunos otros episodios tristes, como la violación de su madre cuando tenía siete años y el comportamiento de su abuelo, que cogió a la niña del brazo y se paseó por todas las butacas de la sala de un cine, al que supuestamente había entrado el agresor, repitiendo la misma pregunta; "¿Fue ese?, ¿Fue ese?...".6. El violador se escapó al final por la ventana del baño, pero Luis tiene en su mente grabada aquella escena en la sala del cine: "El dolor de mi madre. Su encogimiento por la situación. Un padre enervado hasta la explosión. Una hija avergonzada hasta lo indecible. Puedo verlos claramente en el pasillo del cine, que tiene una alfombra roja, representando una estampa que me resulta tan ajena como cercana".7 Sin embargo, Luis tiene otros recuerdos más reconfortantes de su abuelo cuando se quedaba a dormir en su departamento de Ciudad de México (visto desde la perspectiva nieto-abuelo), ya que lo considera el creador de los ruidos de fondo: "yo despertaba casi al momento en que el abuelo prendía la luz, pero me quedaba acostado en el sillón que me servía de cama. La sensación de seguridad era inmensa"8.

La mirada hacia atrás le lleva a recordar dos muertes trágicas que tuvieron lugar en su familia: la de su tío Apolinar asesinado a los diecisiete años y la del primo de su abuelo: Ramón Gay asesinado por un marido celoso. En los dos casos, tiene mucha importancia la fatalidad y ninguno de los dos mereció semejante final. Pero, la lista de escenarios de terror continúa en la narración autobiográfica de Leyva. Tras la separación, Luis y su hermana Alejandra continuaron viviendo en Cuernavaca en la casa de Fátima y de Roberto (que se dedicaron al espectáculo de los títeres), pero iban a visitar a Mario, su padre biológico, a su casa: El ciruelo. En los dos hogares, el protagonista siente que los niños no eran la prioridad, porque había siempre otros motivos más urgentes que tener comida, revisar las tareas y proteger a los niños. En El ciruelo, además de las desatenciones habituales, algunos de los niños fueron violados. Debido a la ocupación de Mario en el mundo del teatro y a su militancia política, en El ciruelo vivían muchas personas, que no ocupaban su tiempo precisamente en ensayar: "La sexualidad en esa casa estaba desatada y no respetaba límites; si podías cogerte a la esposa de tu sobrino, ¿por qué alguien no lo haría con el hijo de ella? La opresión, lo recuerdo era continua. No daba descanso"9.

"Yo iba ahí porque era mi momento con Mario (...) Sin embargo, cuando llegábamos a El ciruelo, Mario solía desaparecer. Tenía que atender el problema de la falta de comida; tenía que atender el problema de la falta de higiene; tenía que atender a los campesinos que llegaban para pedir apoyo; tenía que atender las obras de teatro que dirigía; tenía que atender a las amantes en turno. Todo ello formaba parte de la vida en ese lugar. Alejandra y yo nos igualábamos al enorme número de necesidades del lugar. No éramos prioridad"10.

Luis recuerda también sus primeras experiencias sentimentales: Susana, Lana, Dania...En el caso de Dania, una chica mayor que él, "me sentí desdichado. La importancia que ella tenía para mí no era la que yo tenía para ella, me quedaba claro. El amor iba en una sola dirección (...) Nada pasaba. Ni dolor ni abandono. Mario, la Beba, Susana, Dania. No era tan terrible. No había que exagerar"11.

Hay un recuerdo especial en el relato para el jardín de la casa de la calle de Actores, donde vivían los dos hermanos con Roberto y Fátima. Un jardín que regaba habitualmente y que le permitía dos ambientes distintos: la soledad y la compañía; pero significó para él casi como un estilo de vida: "Mi trato con la vida parecía justo: tú me agobias, yo me escondo en la actuación, en mi jardín, con mis corazas (...) Sentir algo por alguien es abrir la posibilidad de que su abandono nos aniquile"12. Las consecuencias de la represión de sus sentimientos, empezó a ponerse en evidencia a partir de la muerte de Mario, con la sucesión continuada de ataques de pánico y con el consumo de alcohol y de cocaína; para terminar desembocando en el episodio del hotel Tepoztlán. "Era como si mi pausa en el jardín hubiera sido tan prolongada, como si hubiera logrado conservarla tanto que al final me quede perdido en ella. En la simulación de que la lejanía de Mario no dolía, de que mi papá no importaba. Cuando Mario hizo entonces su retirada final, llegaron los ataques de pánico"13.

Precisamente, después de su estancia en el hotel fue cuando inició su convalecencia. Salir de ese estado de peligro y recobrar las fuerzas perdidas pasaba necesariamente por aceptar el dolor, los sentimientos y cesar la actuación: "Una actuación es para alguien más, pero también es para uno mismo: sentir el dolor para someterlo, obviarlo, fingir que no está ahí. Enterrarlo. Rogar por que jamás se encuentre el sitio donde se enterró. Pero al final se trata de una inhumación de una parte de nosotros"14.

Mario murió arruinado y abandonado por todos sus seguidores, alumnos y amigos. No tenía dinero para el ataúd, que tuvo que ser comprado a escote por parte de los asistentes al funeral. "Mi papá, a pesar de haber sido gran actor, buen director, fugaz guerrillero, político excéntrico y padre apenas, murió sin el dinero necesario para comprar un ataúd"15. Hacía unos años que vivía y trabajaba en las cuatro pirámides que se había construido en las afueras de Cuernavaca, donde tenía su escuela de teatro, salas para recibir a tribus indígenas, un escenario al aire libre, una biblioteca, habitaciones, etc. Su última época se caracterizó por un sentido profundo de "mexikanidad".

Al cabo de un tiempo de morir su padre, Luis viajó a Aguascalientes en medio de su convalecencia, a visitar a la familia de Mario. "Había planeado el viaje con todo propósito. Quería estar de nuevo con la familia de mi padre aunque él ya no estuviera (...) A pesar de haber logrado tardes admirables con la familia de Mario, las noches regresaban con sus sueños de inundaciones (...) Tras una noche en la que mis sueños se estancaron en ese escenario, desperté a la madrugada con un recuerdo que había borrado. Recordé que en aquel primer viaje a Aguascalientes. Mario nos había llevado a un balneario muy peculiar (...) Lo detesté, y no me cabe duda de que por ahí, con ese viaje, con ese balneario, las pesadillas de inundaciones claustrofóbicas y peligrosas se volvieron recurrentes en mis noches"16.

Es allí en Aguascalientes donde revisando fotografías encuentra una realizada en Cuernavaca, el día que comenzaron a vivir en El ciruelo. En ella están sus padres, Fátima y Mario, antes de separarse, también hay otras personas que no conoce. Y tres niños: Alejandra, Emilio y él. "Es una imagen sacada antes de la disolución de toda una generación (...) Cuando tomé la fotografía sucedió algo raro. Era como si en realidad estuviera recordándola, no viéndola por primera vez (...) Tal vez ése sea mi primer recuerdo y no el de la vaca y la mantis religiosa"17.

Luis termina su tratamiento con antidepresivos y parece sentirse ya más a gusto consigo mismo. El libro acaba con un diálogo con su hija en el que la mantis religiosa reaparece para concluir el relato.

Comentarios

En un intento por hacer algo más que desmontar algunos ismos de su propia vida, Leyva nos ofrece un relato desgarrador e inquietante, donde el autor se pone en el cuerpo y el alma del niño que fue y se lanza a un relato sadomasoquista donde el dolor no deja tregua ni al narrador ni al lector. De tal forma que el protagonista recrea un contexto de desamparo a su alrededor porque siente que no se le ha atendido bien cuando era niño. Así de sencillo y así de contundente. Desprovisto de esa capa de protección que nadie le proporcionó, construyó durante años un muro que le aislaba de la realidad de sus propios sentimientos. En ese contexto inseguro y en cierto modo caótico, la muerte de su padre biológico desencadena una riada de emociones imparables que le conducen a un estado de depresión y le hacen volver al pasado para poder entender lo qué le pasa.

Es una historia de dolor, de remordimientos y de culpas con la que el autor trata, en apariencia, de reconstruir el relato de un yo resquebrajado; en los límites imprecisos pero sin embargo contundentes del recuerdo. Por eso, la historia deambula en los espacios de la clínica psicoanalítica, del desenfreno y de la depresión. El deseo por desdibujar el mensaje narcisista lleva a Leyva a introducir notas aclaratorias a pie de página de algunas de las cosas que va narrando, además de incluir noticias extraídas de la prensa de los años setenta (especialmente), ochenta, noventa y también más recientes al final de cada capítulo. De tal forma que su historia particular coquetea por así decirlo con el contexto histórico y periodístico del momento; en una perspectiva de intertextualidad.

La novela trasluce también un romanticismo existencialista, donde el devenir del tiempo se vuelve necesario para adquirir certezas: "El tránsito de la inconsciencia a la certeza no es simple y necesita de una herramienta: la enunciación"18. Pero, el autor alerta también del peligro de vivir así, ya que "a la larga nos vuelve adictos a las certezas. Se buscan donde no las hay, se reniega de la incertidumbre, se perdona a todo el mundo. Para bien y para mal"19.

Tal vez por eso, los lugares de su vida (del relato) se convierten en espacios poéticos donde el yo reniega de sí mismo. Desde la casa de acogida de niños, donde tomaba esa sopa asquerosa y sentía los desahogos radicales de otros menores maltratados, pasando por todas las casas donde vivió; todas ellas se han convertido en la arquitectura de unos recuerdos atravesados siempre por la amargura. En la búsqueda de ese lugar ideal, de confort, el protagonista se queda con dos: la casa de su abuelo en Ciudad de México donde la rutina y el orden eran un alivio en medio del caos y el jardín de la casa de Roberto y Fátima, donde él se sentía a gusto.

En esta historia, Leyva se acerca así a los mismos límites de la reflexión de Sartre, quien habla del pasado como de un sueño que se ha deslizado y duda de la existencia del inconsciente; por lo que resume el problema en una cuestión de mala fe. "Pero la mala fe - señala- no se limita a negar las cualidades que poseo, a no ver el ser que soy: intenta también constituirme como siendo lo que no soy. Me capta positivamente como valeroso, no siéndolo (...) Comprendamos bien que no se trata de una decisión reflexiva y voluntaria, sino de una espontánea determinación de nuestro ser"20.

La negación de Sartre del inconsciente nos deja un poco a la deriva a la hora de conceptualizar "lo reprimido". Y la historia del escritor mexicano está muy relacionada con la represión, que el personaje escenifica de forma continuada sobre las emociones; lo que desencadena finalmente en los ataques de pánico. La vinculación de su pasado, o parte de su pasado, con el dolor, es más que evidente. Claro que existe otra cuestión importante que tiene que ver con el recuerdo, en tanto que todo lo que sabemos del pasado en apariencia viene de los recuerdos y, por tanto, desde una verdad cuestionada.

En ese sentido, Sartre considera que "el pasado bien puede infestar al presente, pero no puede serlo (...) No me desolidarizo de mi pasado. Sin duda, a la larga, puedo intentar esa desolidarización, puedo declarar que no soy ya el que era (...) Soy mi pasado y, si no fuera, mi pasado no existiría ya ni para mí ni para nadie: no tendría ya ninguna relación con el presente (...) Sólo en el pasado soy lo que soy"21.

Por otro lado, la depresión toma gran protagonismo en el relato, especialmente porque el protagonista narra su pasado mientras está en estado depresivo y termina el libro cuando en apariencia está curado de la depresión. La narración de Leyva es, por tanto, una expresión de la depresión y un instrumento para combatirla. Dicho en otros términos, es un combate contra la represión y el deseo. Evidentemente, está claro que "la historia del deseo es inseparable de la historia de la represión"22, y "el deseo está obligado a mantenerse en el límite que separa la realidad y el placer", en palabras de Guattari23.

Se da una circunstancia enigmática en La casa inundada, que tiene que ver con la disgregación de Luis en diferentes "yo". No sólo tenemos el yo del pasado y el del presente que se enfrentan con dureza durante el parto del relato, sino también el yo que ama y odia a su padre. Entroniza así Leyva la historia en torno a la psicosis de la transgresión. De tal forma que, en varios momentos del libro, Luis nos confiesa que siempre sabe qué debe hacer, pero que nunca sabe qué quiere hacer. Probablemente porque no quiere reconocer que lo que desea es destruir o hacer desaparecer al otro yo y hacer posible de ese modo la metamorfosis y la catarsis en el juego alegórico del relato. La conclusión es obvia: de resultas que La casa inundada es el relato de un parto; donde el agua escenifica en clave metafórica el espacio del deseo y del horror.

En otro orden de cosas, el libro se mueve entre la evocación de una atmósfera de nihilismo y de hedonismo; al negarse el protagonista a sí mismo y, no obstante, vivir el placer como objetivó único de la vida. En ese contexto, podemos interpretar el uso o abuso de la cocaína de Luis. De hecho, no tiene problemas en reconocer que sí quiere consumir cocaína y también hacer yoga para así olvidarse de su vacío y de su evanescencia. Aquí es donde cobra algún sentido el planteamiento nietzschiano según el cual "el hombre extiende la mano hacia la nada"24 para acabar sacando la verdad.

Sin embargo, "la verdad es el error sin el que no puede vivir ningún ser viviente de  determinada especie. El sentido de lo real es el medio para entender las cosas a nuestro placer. Sólo podemos comprender, en realidad, el mundo que nosotros hacemos"25. El autor busca, no tanto la verdad del pasado, que de hecho parece no importarle mucho, sino enfrentarse con los recuerdos que tiene de la realidad: "todo lo que leerán es ficción. Hasta lo que es real, es ficción", señala al principio del libro. Un enfrentamiento retrasado, reprimido, que le costará la depresión y provocará la destrucción del idealismo. De tal forma que Luis "actúa en virtud de algo que el ético ha reprimido en sí mismo de una vez para siempre: el sufrimiento de su propia niñez (...) Frente al hecho de que ahora la melancolía se desarrolla en forma de autodestrucción"26.

Por último, Leyva refleja en  La casa inundada la necesidad  de enfrentarse con los fantasmas del pasado, para escenificar casualmente un diálogo simbólico en la literatura universal; sin haber hecho el reparto claro de los personajes buenos y malos: “-¿Quién es? – volví a preguntar. -Un rencor vivo –me contesto él”27.

Notas

1 LEYVA, José Mariano, La casa inundada (versión digital), Literatura Random House, Ciudad de México, 2016, capítulo: El final.

2 Ibídem,capítulo: Con el vientre a punto de reventar. De esa forma, Leyva abre el cajón de sus recuerdos para enfrentarse con todo el dolor acumulado y enmascarado durante años.

3 Ibídem, capítulo: Albercas de sangre.

4 Ibídem, capítulo: Albercas de sangre.

5Ibídem, capítulo: Una sopa asquerosa.

6 Ibídem, capítulo: Ruido de fondo.

7Ibídem, capítulo: Ruido de fondo.

8 Ibídem, capítulo: Ruido de fondo.

9 Ibídem, capítulo: El ciruelo.

10 Ibídem, capítulo: El ciruelo.

11 Ibídem, capítulo: Gertrudis.

12 Ibídem, capítulo: Bienvenido a mi jardín.

13 Ibídem, capítulo: Bienvenido a mi jardín.

14 Ibídem, capítulo: Bienvenido a mi jardín.

15 Ibídem, capítulo: El ataúd, el abrazo y el whisky.

16 Ibídem, capítulo: La casa inundada.

17 Ibídem, capítulo: La casa inundada.

18 IIbídem, capítulo: El ciruelo.

19 IIbídem, capítulo: Una sopa asquerosa.

20 SARTRE, Jean-Paul, El ser y la nada, editorial Altaya, Barcelona, 1993, pp. 101-2.

21 Ibídem, p. 145, 147 y 150.

22 GUATTARI, Félix, " Más allá del significante" en Erotismo y destrucción, editorial Fundamentos, Madrid, 1998, p. 81.

23 Ibídem, p. 82.

24 NIETZCHE, Friedrich W., La voluntad de poderío, Editorial Edaf, Madrid, 1981.

25 Ibídem.

26 BÜRGER, Peter, Crítica de la estética idealista, La balsa de la medusa, Madrid, 1996, p. 223.

27RULFO, Juan, Pedro Páramo, Editorial Anagrama, Barcelona, 2009, p.19.


Imagen destacada

La ley de la pistola

© George Silk. La ley de la pistola, 1957. Gelatinobromuro
© George Silk.
La ley de la pistola, 1957.
Gelatinobromuro

El que está en el suelo de la barbería es un gánster que acaba de ser asesinado. Esta imagen de George Silk está incluida en el libro Grandes Fotógrafos, de la Editorial Debate. La fotografía, fechada en 1957, tiene su interés como se verá. El gánster es Albert Anastasia. Fue asesinado en la barbería del hotel Park Sheraton de Nueva York. Leer más...

Cita

No existe evento o cosa, tanto en la naturaleza viva como en la inanimada, que no tenga, de alguna forma, participación en el lenguaje, ya que está en la naturaleza de todas ellas comunicar su contenido espiritual.

BENJAMIN, Walter, Para una crítica de la violencia y otros ensayos (Iluminaciones IV), Taurus, Madrid, 1991, pág. 59.
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