Retrato de Nietzsche
German Philosopher F. W. Nietzsche
© Bettmann/CORBIS

El cuerpo humano también ha sido tema principal de debate dentro del pensamiento filosófico. De entre todos los pensadores, Nietzsche es quizás de los pocos que “devuelve al cuerpo su condición de ser el centro de gravedad” del hombre; dejando por detrás intentos importantes por desvalorizar el cuerpo por parte de filósofos como Hegel y Kant (a los que, sin embargo, debemos otras aportaciones muy importantes).

En su enfrentamiento con la filosofía tradicional y los valores de la cultura occidental, Nietzsche dirige sus ataques contra dos objetivos centrales (…) Primero la imposición de la razón hecha por Platón, tras la huella de Sócrates, como única vía legítima para acceder al conocimiento y a la verdad, con su consiguiente rechazo de la vía de los sentidos y el cuerpo (…) Segundo, la transformación que de este planteamiento se hizo en el Cristianismo (…) ecumenizando la separación y diferencia valorativa entre lo espiritual divino y lo corpóreo-humano (…) que tomó su propio proceso de consolidación espiritual y eclesiástica en el ámbito de la cultura occidental, a la que a su vez contribuyó decisivamente a modelar.

En estos términos se expresa José Lara1 en su libro: Nietzsche, un pensador póstumo. El cuerpo como centro de gravedad y matiza, además, que esta descalificación del cuerpo en ambos casos, trajo como consecuencia que éste fuese abandonado como objeto de reflexión y análisis teóricos consecuentes.

Ahora bien, de esta forma se abre un debate con respecto a la razón y a los vínculos que la unen inevitablemente con el espíritu humano. En todo caso, este es un tema sobre el que Nietzsche va a profundizar. De hecho, su denuncia contra Platón y el Cristianismo no tiene como objetivo principal negar la significación que ambos han tenido para Occidente sino evaluar su significado.

En este sentido, lo negativo de estas dos posiciones es que se devaluaron todas las posibilidades cognoscitivas derivadas de los sentidos y así se deslegitimó el cuerpo, como instancia relevante desde la cual construir humanamente la historia. El lado más positivo es que al otorgar ese privilegio exclusivo a la razón, se contribuyó a que la razón se afinase como instrumento cognitivo con el cual abordar y resolver rigurosamente los problemas (…) del sentido y la verdad, asegura José Lara.

La tradición metafísica se servía de la polaridad en los juicios de valor y Nietzsche intentará superar este “escollo”. La enfermedad del hombre occidental es el nihilismo al que se ha llegado precisamente por el privilegio otorgado a la razón lógica para determinar el ser y al abandono del cuerpo como instancia pertinente para el conocimiento del hombre.

A juicio de José Lara, la filosofía, mediante aquella "mala comprensión del cuerpo", ha conducido al hombre al extravío con respecto a sí mismo (…) La consecuencia de esta pérdida del centro de gravedad se manifiesta en la peculiar relación que con respecto a sí mismo se le induce al hombre. En este contexto, Nietzsche considera que el hombre se ve obligado a renunciar a sí mismo y su vida queda marcada por la decadencia.

El desplazamiento, propuesto por Nietzsche, del centro de gravedad desde el alma hacia el cuerpo obliga a los hombres a enfrentarse consigo mismos. Si la gran salud es propuesta por Nietzsche como un nuevo ideal para el hombre (…) Se trata más bien de un retorno hacia ese centro de gravedad tantas veces ya aludido, hacia aquella red de relaciones constitutivas del cuerpo y del alma del hombre, que durante mucho tiempo han permanecido para él como algo desconocido, y en la que él se introduce provisto de los recursos –hasta ahora indicados– de la historia, de la química, la fisiología, la medicina.

Nosotros hemos descubierto la felicidad –dice Nietzsche2nosotros sabemos el camino, nosotros encontramos la salida de milenios enteros de laberinto. ¿Qué otro la ha encontrado?, ¿Acaso el hombre moderno? «Yo no sé qué hacer, yo soy todo eso que no sabe qué hacer». Suspira el hombre moderno. De esa modernidad hemos estado enfermos.

Superar el nihilismo

En síntesis, Nietzsche pide a la filosofía que de nuevo se centre en el estudio del hombre, en toda su complejidad y totalidad para tratar de ahuyentar de la forma más eficaz los fantasmas propuestos –e imperantes– desde la modernidad: el nihilismo y la decadencia principalmente.

Sus críticas hacia el progreso son tan fuertes como acertadas, creemos nosotros. Él considera que el progreso es una idea moderna (y falsa). En síntesis para Nietzsche, una idea, por el mero hecho de ser moderna, es falsa. Un progreso que también es una falsedad y que, de una u otra forma, ha llevado al hombre a la decadencia.

Doloroso, estremecedor, es el espectáculo que ante mí ha surgido. Yo he descorrido la cortina que tapaba la corrupción del hombre (…) Mi aseveración es que todos los valores en que la humanidad resume ahora sus más altos deseos son valores de décadence (…) qué son valores de decadencia, valores nihilistas los que, con los nombres más santos ejercen el dominio.

También Nietzsche en El anticristo expresa su total desprecio al hombre de hoy y prefigura al escéptico como modelo espiritual a seguir: las convicciones son prisiones (…) Un espíritu que quiere cosas grandes, que quiere también los medios para conseguirlas, es necesariamente un escéptico.

Pero será en su libro: La voluntad de poderío3, donde explique con más detenimiento las causas del nihilismo:

El nihilismo, como estado psicológico, surgirá primeramente, cuando hayamos buscado un «sentido» a cualquier suceso que no lo tenga (…) El nihilismo es entonces la consciencia de un largo despilfarro de fuerzas, la tortura del «en vano», la inseguridad (…) Surge en segundo lugar el nihilismo como estado psicológico, de manera que en una representación total de una forma suprema de dominio y gobierno, se deleite el alma sedienta de admiración y gloria (…) El nihilismo, como estado psicológico tiene, además una tercera y última forma (…) que comporta en sí misma no creer en un mundo metafísico, y que se prohíbe, igualmente, la creencia en un verdadero mundo.

Nietzsche entiende, por tanto, el nihilismo como un estado psicológico que tiene tres momentos bien diferenciados:

  • El momento en el que buscamos un sentido a algo que no lo tiene.
  • Como un modo determinado de deleite de una forma suprema de dominio y gobierno.
  • Como un estado de no creer ni en un mundo metafísico, ni en un mundo verdadero.

En Resumen, Nietzsche considera que el nihilismo es un estado de confusión del hombre, en el que predomina la voluntad de poder sobre cualquier otra voluntad y donde las creencias ocupan más bien un segundo plano.

El cuerpo –señala José Lara– es (para Nietzsche) el centro de gravedad del hombre dentro del sistema de su existencia, compuesta tanto por elementos fisiológicos como teóricos, morales y valorativos, dando lugar a su vez a la inserción dentro de un pueblo y de una cultura, regional o supraregional, que serían los horizontes de mayor extensión dentro de los que cabe analizar su situación y acción gravitatoria central.

También va perfilando Nietzsche cuáles pueden ser los caminos de salida del nihilismo: que pasarán por la consideración de lo específicamente humano: el sentido, los valores y las ideas que se pensarán, expresarán y se harán prevalecer.

El cuerpo y lo sagrado

Sobre la presencia de lo sagrado en el hombre, Nietzsche lo encuentra tanto en la profundidad como en la superficie del cuerpo. En éste es donde arraiga el temor de la reverencia inculcada a los hombres por las costumbres de un pueblo, la autoridad adquirida por ellas a través del sentimiento generado frente a su antigüedad e indiscutibilidad, que dio paso tanto a la obediencia ante su carácter de ley expresado en la eticidad de las costumbres (…) que aseguran la conservación de la comunidad.

Retrato de Nietzsche
Friederich Nietzsche Posing for Camera
© Bettmann/CORBIS

La memoria del hombre también va a tener un costo. La sangre (la sangre que se escurre por los cuchillos de los asesinos de Dios):

Es la sangre con que los hombres conquistaron su condición humana frente al animal que habita en ellos, en nosotros; es la sangre generada por los procesos del olvido y de la memoria (…) es la sangre que hoy todavía puede correr a partir de acciones suscitadas por el dolor y el desconsuelo que dejan la pérdida de algo adorado y creído por mucho tiempo.

Nietzsche sospecha que la filosofía hasta ahora no ha sido más que una mala comprensión del cuerpo (no sólo de los individuos, sino también de los estados y de las razas enteras). En este sentido, la muerte de Dios provocará un vuelco significativo en la historia y según Nietzsche vaticina: ser la historia más alta de todas las historias habidas hasta ahora porque la moral cristiana finge mentirosamente un «alma», un «espíritu», para arruinar el cuerpo. El hombre es pensado en la modernidad desde su identidad con Dios y así la existencia humana se revela como precaria e incompleta frente a la perfección de Dios.

En La voluntad de poderío, Nietzsche denuncia el intento de falsear la historia:

Y de la misma forma que los sacerdotes habían falseado toda la historia de Israel, se realizó el intento de falsear la historia de la humanidad para que el cristianismo apareciera como el acontecimiento más importante de ésta. Este movimiento sólo podía surgir tomando como base el judaísmo, cuyo rasgo más importante era confundir el pecado y la desgracia, transformar todo pecado en pecado hacia Dios: de todo esto el cristianismo es la segunda potencia.

Notas

1 LARA, José, Nietzsche, un pensador póstumo. El cuerpo como centro de gravedad, Anthropos Editorial, Barcelona, 1998.

2 NIETZSCHE, Friedrich, El anticristo, Alianza Editorial, Madrid, 1980.

3 NIETZSCHE, Friedrich, La voluntad de poderío. Editorial EDAF, Madrid, 1981.


Cita

Soló mirando por encima o hacia otro lado podemos llegar a creer que el mal es relativo, y, por ende, bajo ciertas condiciones, justificable. En realidad –la realidad que los supervivientes y los muertos atestiguan–, nunca se puede justificar.

BERGER, John, El sentido de la vista, Alianza, Madrid, 1990, pág. 274.
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