PHE04. - Casa de América del 2 de Junio al 25 de Julio de 2004

Enrique Metinides1 es, sin lugar a dudas, uno de los mejores fotógrafos de sucesos de la historia de la fotografía. Desde 1940 hasta 1990 ilustró la sección de sucesos en el diario La Prensa ofreciendo siempre la imagen más siniestra de la ciudad de México con fotografías de asesinatos, muertos, catástrofes, incendios y todo tipo de accidentes.

Enrique Metinides
Enrique Metinides
Cuando cruzaba avenida Chapultepec a la altura de la calle Monterrey, alrededor de las 14:00 horas del domingo 29 de abril de 1979, la señorita Adela Legarreta Rivas fue arrollada por un automovil Datsun color blanco. Su cuerpo quedó prensado contra un semáforo. Enrique Metinides, 2004. Cortesía Kurimanzutto - Mexico City.
© Enrique Metinides

Dado que en los últimos años se están teniendo muy en cuenta los trabajos de los reporteros gráficos, también en lo que se refiere a su calidad artística, Enrique Metinides ha conseguido posicionarse en un puesto privilegiado dentro de la fotografía de sucesos y sus imágenes han empezado a conocerse en todo el mundo. Parte de este mérito hay que adjudicárselo a la Photographers' Gallery de Londres que en el año 2003 presentó una retrospectiva de su trabajo, hasta el momento muy poco conocido en Europa.

La exposición que PhotoEspaña dedicó en su última edición al artista constaba de setenta y tres fotografías, realizadas durante los cincuenta años que permaneció trabajando como reportero de sucesos; lo que dota a su trabajo de un sentido cronológico al reflejar las transformaciones de la ciudad durante esos años. También se percibe su propia evolución como fotógrafo y las constantes estilísticas que se han mantenido en toda su obra.

Enrique Metinides pone especial interés en plasmar los sucesos más espectaculares, pero siempre buscando una composición moderada y, en contra de lo que muchos críticos han dicho de él, no es cierto que sea un fotógrafo sensacionalista, ya que no enfatiza demasiado en el dramatismo de la imagen y más bien intenta ser un espectador neutral utilizando objetivos de 50mm y gran angulares y no abusando de los primeros planos de las víctimas.

Su posición como observador “imparcial” tiene que ver con la propia fuerza dramática de las fotografías, que parecen hablar por sí mismas y no necesitan de un mayor empuje compositivo que les pudiera hacer caer en una exageración y, al mismo tiempo, perder su fuerte valor expresivo como suceso trágico.

Enrique Metinides
Enrique Metinides
Choque del Buick placas 68 del estado de Guerrero contra un camión materialista. En el accidente, ocurrido el 25 de mayo de 1955, perdieron la vida Juan Beltrán, de 3 años de edad, y Gudelia, de 18, 1955. Enrique Metinides, 2004. Cortesía Kurimanzutto - México City.
© Enrique Metinides

En sus imágenes, se combina a la perfección dos de las características principales de las fotografías de sucesos: el dramatismo y lo imprevisto (lo accidental). Esto se debe principalmente a su capacidad para llegar a los accidentes mucho más pronto que los demás, antes de que las víctimas aparezcan tapadas con las sábanas blancas y, de este modo, Metinides muestra a menudo el rostro muerto de los accidentados, así como todo el dramatismo del suceso.

En muchas de sus fotografías también está incluido el “observador” del accidente. Un espectador que es bastante frecuente, en sentido general, en la fotografía de tragedias. En “Choque del Buick” vemos claramente como varias personas se “amontonan” en la ventanilla del automóvil y miran directamente al objetivo fotográfico. Esta mirada “morbosa” del espectador (del público) a la cámara vuelve a aparecer en muchas de las imágenes de Metinides.

Este tipo de fotografías perfila, además, en alguna medida, la asunción de un nuevo sujeto contemporáneo que se conforma con mirar y “devorar” escenas violentas. Desde las escenas de guerra más crueles hasta los crímenes más sangrientos, pasando por el consumo de la fotografía de la muerte institucionalizada.

En general, el trabajo de Metinides sirve como modelo ejemplar para explicar las constantes de la fotografía de sucesos durante estos años. La importancia de utilizar encuadres que sean capaces de expresar a la perfección el dramatismo de la imagen, la presencia de los espectadores del suceso; así como los extensos pies de foto son prueba de ciertas características que se repiten en este tipo de fotografía.

Enrique Metinides
Enrique Metinides
Una mujer llora junto a su novio muerto, asesinado en el Parque Chapultepec al enfrentarse a unos ladrones. Enrique Metinides, 2004. Cortesía Kurimanzutto - México City.
© Enrique Metinides

Además de las ambulancias que utilizó en su primera época de reportero gráfico para llegar al lugar de los hechos, escuchaba las emisoras de la policía para estar enterado de todos los sucesos que tenían lugar en la ciudad y poder llegar rápido para hacer las fotografías.

Su trabajo, sus métodos de trabajo y el escenario urbano en el que realiza sus imágenes nos recuerdan al de Weegee (Arthur Felling), quien se convirtió en uno de los primeros fotógrafos de sucesos más importante del periodo de entreguerras. Weegee proporcionó a los periódicos, desde 1930 hasta 1940, instantáneas de víctimas de reyertas callejeras cubiertas de sangre, accidentes de tráfico y altercados domésticos.

Pero mientras Weegee consigue sus fotografías casi siempre de noche y con flash, Metinides nos ofrece a la luz del día las tragedias, los sucesos más truculentos, de la ciudad de México. Por eso, las imágenes de Weegee parecen estar más cercanas al cine negro que las de Metinides más próximas, por el contrario, al reporterismo gráfico actual de sucesos.

En este caso, hay que tener en cuenta que Weegee realizó su trabajo en Nueva York en la década de los 40, mientras que el trabajo de Metinides abarca cincuenta años: desde los cuarenta hasta los noventa y se percibe cierta evolución cronológica y también estilística, a las que nos referíamos antes. Sin embargo, el trabajo de Weegee se nos presenta hoy como muy moderno, aunque sigue manteniendo vinculaciones muy fuertes con el cine negro, especialmente por la iluminación y la composición fotográfica.

En general, las imágenes de sucesos nos hablan de historias particulares, de dramas personales, con los cuales el espectador puede identificarse rápidamente, ya que todos podemos pasar de ser observadores a ser víctimas y esta idea está muy bien reflejada en la obra de Metinides. A veces, los accidentados tienen rostro y nombre y, otras veces, se esconden tras el humo de los edificios y los restos de un avión o un tren accidentado.

El héroe es otro personaje que aparece en algunas fotografías de Metinides, justo en esos momentos dramáticos en los que la persona, que aún no se ha convertido en una víctima, está en serio peligro y cerca de la muerte. Un héroe, en ocasiones, no visible en la fotografía, pero de cuya presencia se nos habla en los pies de foto. Como ejemplo de este caso, tenemos la siguiente fotografía:

Enrique Metinides
Enrique Metinides
El rescatista Manuel Hernández Martinez “arrancó de las garras de la muerte” a Guadalupe N. Guzmán, al sujetarla cuando “estaba a punto de lanzarse del piso 27 de la Torre Latinoamericana, para quitarse la vida, ante cientos de azorados testigos”. La prensa, 2 de diciembre de 1993. Enrique Metinides, 2004. Cortesía Kurimanzutto - México City.
© Enrique Metinides

Como señalábamos anteriormente, en un momento histórico en el que se empieza a tener en cuenta los trabajos de los reporteros gráficos, resulta de especial interés pararse a observar las imágenes de Metinides; punto de partida de algunos de los fotógrafos actuales que trabajan con la fotografía más documental.

Notas

1 Enrique Metinides, “el Niño”, nació en México D.F. en 1934, es considerado el primer fotoperiodista de México. Comenzó a hacer fotografías de crónica negra a la edad de doce años en la Cruz Roja, lo que le permitía llegar en ambulancia al lugar de los hechos y hacer fotografíasdirectas e impactantes de los accidentes.


Cita

Lo sublime conmueve, lo bello encanta. (…) Lo sublime presenta, a su vez, diferentes caracteres. A veces le acompaña cierto terror o también melancolía.

KANT, Immanuel, Lo bello y lo sublime, Espasa Calpé, Barcelona, 1999, pág. 14.
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