Misterios de una cárcel abandonada

Tiempo, no has de Jactarte de mis Cambios

detalle de una puerta de entrada al recinto
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Alzas con nuevo brío tus pirámides
y no son para mí nuevas ni extrañas
sino aspectos de formas anteriores.

Por ser corta la vida, nos sorprende
lo antiguo que reiteras y que impones,
cual si fuera lo nuevo que deseamos
y si río conociéramos su historia.

Os desafío a ti y a tus anales;
no me asombran pasado ni presente,
pues tus anales y lo visto engañan,
al transformarse mientras te apresuras.

Por mí, te juro que he de ser constante.
A pesar de tu hoz y de ti mismo.

William Shakespeare

Los artistas intervienen a manera de intermediarios; fijan por lo menos, el símbolo de lo que debe ser, son productivos en cuanto cambian y transforman verdaderamente; no como hacen los conocedores, que dejan todo cual está.

La voluntad de poderío (Friedrich Nietzsche)

Después del caos…

Imaginar la cárcel como un espacio melancólico sólo es posible si está abandonada. Imaginar el tiempo como una gran pérdida, sólo es posible si se trata de un momento pasado. Imaginar las penalidades del reo sólo es posible si paseamos por aquéllas que fueron sus habitaciones y estancias donde vivió preso tras los garrotes. Ricardo Espinosa Orozco (México D. F., 1958) ha recorrido esta cárcel abandonada de Cuernavaca a ritmo de realidad y pesadilla y con sus imágenes nos ayuda a evocar sin duda algo más que las vivencias y sentimientos de los que un día fueron sus moradores.

Por eso, la historia que vamos a contar hoy es en torno al paseo por una cárcel abandonada y las imágenes misteriosas que el fotógrafo consigue retratar durante este viaje que bien podríamos definir como inciático. El relato comienza cuando Ricardo Espinosa Orozco (reo) y Pericles Lavat fueron juntos hace ya unos meses a esta prisión abandonada de Cuernavaca con la intención de realizar un trabajo fotográfico hasta cierto punto intrigados o seducidos por la historia rocambolesca de este penal mexicano. El resultado final de su travesía, que si bien se ha concretado en dos colecciones fotográficas diferentes en las que cada fotógrafo ha aportado su punto de vista personal, conforma a su manera una unidad y analizadas en su conjunto son dos visiones que se complementan para ofrecer una imagen evocadora del paso del tiempo y de la huella del hombre en espacios de gran crudeza. Pericles Lavat ha titulado a la colección: Aquí “estubo” su padre putos, inspirado por una pintada escrita en una de las paredes de la cárcel, que él ha retomado textualmente respetando incluso las faltas de ortografía. Ricardo Espinosa Orozco, por su parte, ha llamado al portafolios: Imágenes de una cárcel abandonada. Cuernavaca, Morelos, México.

patio interior de acceso a las celdas
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Pero, ¿qué historia era ésa tan intrigante que encaminó los pasos de los dos artistas a la prisión deshabitada? Pues bien, la respuesta marca el inicio real de este relato, el desencadenante de este artículo, de toda esta historia y de las dos colecciones. Y, haciendo honor a esa máxima que dice que en el principio fue el caos, el caos efectivamente se organizó en un momento cualquiera del día para trasladar a los presos sin previo aviso a otro penal. El desplazamiento se hace por sorpresa y los reos se ven de pronto en calzoncillos en el patio de la cárcel con la noticia de que deben dejar todas sus cosas en esta prisión para ir a otra; de tal forma que no puedan llevarse nada al nuevo penal de acogida. Entonces, se descubre que el objetivo es evitar que haya drogas en las cárceles y la llegada de los reos en paños menores parece que asegura categóricamente que eso va a ser así. La anécdota que, de esta forma contada, puede hacer hasta reír es más bien dramática y hasta cierto punto supone una prueba de trato realmente desconsiderado para con el preso, además de tener ciertos tildes de ser una tomadura de pelo. Después de escuchar esta historia, los dos fotógrafos sintieron interés en saber qué es lo que había quedado allí, en la prisión deshabitada de Cuernavaca y necesitaban ver el “in fraganti” de todas las instalaciones; dicho de otra forma, como había quedado todo después de semejante "estampida". De esta forma fue como sus cámaras fotográficas consiguieron ser testigos de la instantánea de los objetos y estancias abandonadas. Todo había quedado inevitablemente congelado por un momento, en la mera acción de la existencia misma. La colocación de los enseres, ropas e instalaciones carcelarias ofrecían la imagen de detención en movimiento y el conjunto parecía estar a la espera de dar al play para que la acción continuara, pero esto ya no era posible y todo estaba conforme lo habían dejado y lo único posible ya era dejar testimonio a través de las imágenes.

¿Dónde están los fantasmas?

algunas puertas de las celdas
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

El trabajo de Ricardo Espinosa Orozco se centra tanto en el exterior como en el interior de la prisión, frente a las fotografías de Pericles Lavat, quien experimenta con una visión más intimista y claustrofóbica del interior utilizando para ello el color que intenta modular de forma esteticista en función del motivo a fotografiar. Ricardo Espinosa Orozco, por su lado, ha empleado tanto el color como el blanco y negro; aunque son estas últimas la que más fuerza expresiva tienen. El prescindir del color le ha permitido asimismo jugar con la irrealidad que a su manera transmite esta prisión abandonada. En este sentido, llaman la atención las imágenes en las que, a través de cierto desenfoque y del "flou", consigue un aire fantasmal y alejado de la realidad. En ocasiones también se ha servido de la repetición para ofrecer dos versiones de la misma imagen (y a veces hasta tres cuando también la ha hecho en color), una de ellas con más nitidez en la que todo se ve claramente y otra en la que algunas partes están desenfocadas. En estos casos, la imagen se desdibuja y se reafirma continuamente y todo conduce inevitablemente a un espacio de sueño y pesadilla. Luego parece seguro que hay un intento personal por obtener unos resultados hasta cierto punto surrealistas que se mezclan con el carácter documental de la colección bien explicitado en el propio título. Algo que, por lo demás, se advierte en algunos otros de sus trabajos como los que ha realizado con la cámara Holga y, en menor medida, aunque también se percibe algo de este rasgo, en la serie El silencio de las especies donde el desenfoque termina por ser un elemento dramático que acentúa la sensación de lo siniestro. El desenfoque parcial de la imagen en este artista es un recurso expresivo pero también constituye una propuesta diferente para pasear por esos espacios solitarios ahora impregnados y maltratados por la soledad descarnada. El fotógrafo deja así constancia de su presencia y de los sentimientos que posiblemente le produzcan estas escenas en las que el fantasma del pasado habita desde la nebulosa del recuerdo, tan bien explicada en este caso desde el aparente "flou" fotográfico.

Así, en esta colección, Ricardo Espinosa Orozco nos propone un itinerario íntimo por sus propias sensaciones que se exteriorizan una vez más en las imágenes, como de hecho sucede en su colección de panorámicas sobre las que el excelente crítico de arte y gran experto en materias estéticas, Alberto Espinosa Orozco, ha reflexionado en un extenso artículo que ha titulado: El Paisaje y el Reino Interior. En este escrito, Alberto Espinosa Orozco, lejos de lanzar cómodas alabanzas a su hermano le coloca en una situación inédita al poner en evidencia que el fotógrafo expone y desnuda el alma como materia de debate en el conjunto de sus obras. Y no es otra cosa que lo que Ricardo Espinosa Orozco hace una vez más en este trabajo sobre la cárcel abandonada de Cuernavaca: poner todo su ser en juego e interactuar de forma dolorosa con la realidad. De tal suerte que el artista se desnuda por completo en estas obras, igual que el poeta en sus poesías como el mismo artista reconoce: “mis fotografías –me explica– son retazos de pensamientos, sentimientos, historias, sueños tal vez y a veces pienso que hay un par de poetas o tres que dicen en sus textos lo mismo que yo con mis fotos. Por otra parte –continua– lo que yo quiero o no decir está ahí en las imágenes que hago y no puedo explicar mucho más”. Y tal vez queriendo dejar un halo de misterio, recurre a los poemas que más le gustan para buscar el sentido de sus fotografías y deja la cuestión así para que todos reflexionemos sobre estos temas que plantea a propósito de su trabajo. La idea que se puede extraer de sus palabras es que la fotografía es para él el lenguaje con el que se expresa su alma, sobre la que él mismo no tiene control como es lógico. El fotógrafo deja necesariamente que el inconsciente salga a flote y se manifieste en el contexto de la realidad.

manojos de llaves de las dependencias colgados en una pared
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

En estos momentos, conviene volver a retomar el papel que Alberto Espinosa Orozco está teniendo en descubrir lo que se esconde en las fotografías de reo (el seudónimo que utiliza siempre y que en este caso va a ser importante tener en cuenta por tratarse de una colección en la que fotografía precisamente un espacio ocupado en su momento por reos). O, más que descubrir, convenga plantear las cosas en clave de jeroglífico; es decir, las fotografías de Ricardo Espinosa Orozco derivan siempre hacia los arcanos del misterio y eso lo sabe muy bien su hermano filósofo. Leyendo los artículos modélicos que le ha dedicado sobre dos de sus colecciones: El silencio de las especies y Panorámicas la conclusión es bastante evidente y es que el conjunto de su obra exterioriza ostensiblemente cierta desazón con el entorno que es, con toda probabilidad, un espejo de los problemas de integración que el hombre contemporáneo tiene con el universo que le rodea. Esta cuestión le permite a Alberto Espinosa Orozco trasladar las experiencias de su hermano a un debate filosófico amplio en el que se interroga, fundamentalmente (aunque no exclusivamente), por dos cuestiones: el papel de lo siniestro y del alma en las imágenes de Ricardo Espinosa Orozco, contextualizando el debate en un espectro generalista de tal suerte que cualquier persona, sea o no artista, se pueda sentir identificada en su paso existencial por la vida misma con sus alegrías y sus grandes desgracias; respetando eso sí su punto de partida: la cultura y la historia mexicana en este caso, a la que el artista quiere rendir tributo orgulloso en sus fotos. Y en esta línea de ser fiel a sus orígenes, fotografía la cárcel abandonada de Cuernavaca, en donde otros mexicanos sufrieron el encierro siempre penoso más allá de las circunstancias del mismo. Decíamos antes que la colección recoge imágenes tanto desde el exterior como del interior de la prisión y por eso, casi sin querer, propone un recorrido ideal por el penal que es una sugerente invitación para adentrarse en el laberinto de su personalidad al mismo tiempo que penetramos en la cárcel expugnable.

Buscar los enigmas

garita de vigilancia y altavoces de megafonía
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

De esta forma, el fotógrafo nos ofrece las llaves de entrada y abre la puerta para enseñarnos las diferentes dependencias. Y a la sucesión monótona de puertas numeradas (fotografiadas en blanco y negro y en color), le sigue el patio, las mesas, la construcción asfixiante de los barracones, los altavoces del sistema de megafonía que son elementos simbólicos muy importantes por los que no sólo llegan las ordenes de los funcionarios sino también la rebelión de los presos a través de la música; recordemos en este caso como sonaba de estremecedora aria Barcarolle de Los cuentos de Hoffman en el patio nazi de la película La vida es bella de Roberto Benigni o como se rebeló Tim Robbins en Cadena perpetua cuando se hizo dueño por unos momentos de la megafonía y aprovecho también para dar rienda suelta a sus preferencias en temas operísticos y de pronto un aria de Las bodas de Fígaro de Mozart llegó a todos los rincones de la cárcel. La elección en ambos casos de la opera no es casual, dado que es un estilo musical que condensa a la perfección todo el dramatismo y tragedia que puede vivirse en la cárcel. De esta manera, la música se constituye en un medio de expresión para los reos que no pudiendo contar, ni expresar lo que sienten, buscan en la música un desahogo y un medio de comunicar a los demás su malestar. Pero estos altavoces, contemplados ahora desde la fotografía, están sólo como metáforas de sí mismos.

Ya no hay sonido que se reproduzca a través de ellos y, sin embargo, permanecen estáticos rememorando inevitablemente su uso. Tal vez por esta fusión de pasado y presente, el fotógrafo de nuevo ha vuelto a enseñarnos la imagen entre la niebla ficticia enfatizando la presencia de los altavoces. Nadie puede saber ya si esto es una aparición o una desaparición porque todo parece sumergido en una atmósfera densa, enigmática, delirante y triste. Las voces de los funcionarios se oyeron desde estos altavoces probablemente por última vez el día en que se produjo el desalojo de los presos y todo el penal quedo sumergido en una quietud sepulcral; ahora sólo rota por la presencia de Ricardo Espinosa Orozco y Pericles Lavat y de sus respectivas cámaras fotográficas. Dejamos atrás los altavoces y por un momento uno no sabe si la cárcel está en México o dónde está porque se parece al resto de cárceles habidas y por haber en la historia del hombre; pero de pronto el artista contextualiza la prisión en su entorno bien definido. Las pintadas murales exteriores remiten a la cultura mexicana, al igual que una pequeña capilla que parece ser usaban los habitantes de la prisión y cuyo estilo arquitectónico habla claramente de sus orígenes. A esto hay que unir las diferentes pintadas indicativas, como por ejemplo: el edificio del abogado, los bidones de desperdicios, etc. El resto parece forma parte de una iconografía universal de la estética y los procedimientos carcelarios. Una cárcel es una cárcel y da igual dónde esté se puede llegar a pensar viendo estas fotografías. Pero el lenguaje una vez más pone las cosas en su sitio con frases ambivalentes escritas por los propios presos.

callejón entre dos edificaciones de las dependencias
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Como, por ejemplo, Aquí “estubo” su padre putos que tanto impresionó a Pericles Lavat y por ello título así su colección; aunque todavía podemos dudar si el que estuvo allí fue un reo, un funcionario o los dos están mencionados en esa sentencia de forma inevitable. Tampoco importa mucho porque el sentido de la frase es lo suficientemente contundente como para no dar lugar a fisuras. En este sentido, la falta de ortografía es síntoma de las carencias de los presos y constituye toda una llamada de auxilio al conocimiento del que en este caso se les priva a todos los reos del mundo, al tiempo que se les castiga y se les encierra no siempre justamente. Una vez más, por consiguiente, el fotógrafo se ve obligado a interactuar con todas las circunstancias que han rodeado a la cárcel para dejar su propia impronta y sus propias impresiones transitando por unos espacios de mucha fuerza emocional. Algunos de los cuales se alejan de su punto de partida y parecen remitir a cualquier sitio. Es decir, si en líneas anteriores podíamos constatar como la cárcel abandonada de Cuernavaca descrita por Ricardo Espinosa Orozco se movía siempre en un juego permanente de contextualización y descontextualización, en un ámbito a veces universal o a veces local, podemos ahora mantener que es una constante en este trabajo fotográfico. En gran medida este efecto puede conseguirse precisamente por su ya citada tendencia surrealista que le facilita transitar de la realidad a la fantasía y de lo autóctono a un sentido más global de los espacios sin traicionar para conseguir esto todas las experiencias sin duda siniestras que guardan las instalaciones y que ahora salen en forma de imágenes en nebulosa o con marcos ennegrecidos que rompen con la definición fotográfica al mismo tiempo que hace añicos a la definición topográfica. Demostrando una vez más la capacidad de la fotografía por atrapar lo particular y lo general, lo real y lo aparente, lo vivido y lo imaginado, la vida y la muerte misma en un sin fin de binomios contradictorios que caracterizan a la misma esencia del medio como se ha podido ir viendo a lo largo de su historia.

Tirar la memoria al cubo de la basura

bidones destartalados para depositar la basura en el punto de recogida
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Una historia de la fotografía que es, sin duda, múltiple. Hay muchas posibles historias que se pueden explorar en su nombre pero todas ellas están solamente perfiladas y se han constituido como historias incompletas, parciales e interminables incluso. La explicación a esta situación compleja e incómoda de la fotografía como lo he indicado en algunos otros de mis artículos tiene que ver con su capacidad de constituirse como documentos de verdad (quiero que se me entienda esta afirmación como una simplificación del tema porque el análisis es lógicamente más complejo). Y ahí radica su problema: en ese poder inagotable de la fotografía de evidenciar los grandes males de la humanidad. Genocidios, guerras, torturas, sucesos dramáticos han sido materias que el soporte fotográfico –esta vez haciendo de verdad honor a su consideración como soporte– ha tenido que aguantar. De esta forma, nos hemos acostumbrado a ver el horror en las imágenes pero no hemos sabido colocarlo en el sitio que le corresponde de la realidad. Y en esta lógica delirante que acompaña fatídicamente a la fotografía hemos decidido que las imágenes son perversas y que no se pueden mirar. Luego el siguiente paso puede ser tirarlas a la basura y no atender a lo que nos quieren decir. Y, efectivamente, así ha sido. De esta forma, en los últimos tiempos hemos visto que fotografías del genocidio, realizadas desde la misma cámara de gas, han sido desechadas como documentos de una realidad histórica con el pretexto de que el genocidio es inimaginable y argumentos similares que tienen un rasgo en común: que centran el valor o la naturaleza de la fotografía exclusivamente en un espacio de representación (lo más grave del tema es que, a la par que han restado credibilidad a esas fotos, han negado la existencia de las cámaras de gas y, por consiguiente, el genocidio se ha cuestionado de modo radical e irresponsable).

Sintetizando, la fotografía ha quedado reducida a ser un medio de representación (al igual que puede serlo la pintura) y se le han amputado dos elementos vitales que la caracterizan de forma evidente: la memoria histórica y la memoria del sujeto (en su doble vertiente: por un lado como hacedor de imágenes y, por otro, como observador). Evidentemente, el trabajo fotográfico de Pericles Lavat y Ricardo Espinosa Orozco de la cárcel abandonada de Cuernavaca no se enfrenta a una realidad tan hiriente como la del holocausto, pero a su manera sí se acerca a dos aspectos importantes de la memoria: en primer lugar, a la historia y, en un segundo momento, a la experiencia del fotógrafo y del prisionero. El problema es determinar por qué a la fotografía se le ha querido amputar su vínculo con la memoria. La respuesta puede vislumbrarse en afirmaciones como ésta de Thomas Bernhard realizada en su libro: Extinción. Un desmoronamiento: “Fotografiar es una manía innoble que atañe poco a poco a la humanidad entera, porque no sólo está enamorada de la deformación y de la perversidad, sino que está encaprichada con ellas y, en realidad, a fuerza de fotografiar, acaba considerando que el mundo deformado y perverso es el único verdadero (…) Nunca he sentido tanto asco como cuando miro fotografías”. Estas afirmaciones, que parecen similares a las que realizaran los detractores de la fotografía hace ya tantos años cuando el nuevo medio se presentó por primera vez en sociedad, se han realizado en lo años noventa. De tal forma que Bernhard no tiene ningún problema en otorgar un carácter perverso y asqueroso a la fotografía y zanja así el asunto dando por sentado que las imágenes son absolutamente deformantes frente a lo que él entiende como una realidad idílica, a la cual la fotografía parece que traiciona. Es evidente que, con estos argumentos, trata de cargar toda la responsabilidad de la perversidad humana sobre la imagen fotográfica; estrategia que como ya se ha indicado se está practicando de forma sistemática. Lo que se consigue con esta táctica es reforzar su papel como medio de representación y anular su capacidad de memoria, en tanto y en cuanto nos sirve para recordar la historia de la cual renegamos y parece que no queremos saber nada, quizás porque ésta sí sea realmente perversa y asquerosa. Se trata, por tanto, de un problema político que lleva directamente a una negación de la realidad, de responsabilidades, de víctimas y verdugos y, a partir de aquí, se negará toda subjetividad a la fotografía en favor de un delirio deformante que parece dominarla. De lo cual se deduce que la fusión de la experiencia personal del fotógrafo con la realidad que fotografía es también cuestionada y todo se reduce a que las fotografías deforman el supuesto paraíso terrenal.

archivos, vitrina y muletas abandonados en la enfermería
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

A mi modo de ver, lo importante de todo esto es destacar que la fotografía es fundamentalmente un trozo de memoria del mundo y un espacio estético donde la experiencia personal del fotógrafo siempre está en juego. Memoria del mundo que, a su vez, está mezclada con los espacios de ficción que provienen –entre otros ámbitos– del cine, los mass media y el arte. Espacios de ficción que nos han ayudado en estos últimos años a interpretar los hechos dramáticos de la realidad, a los que muchas veces parece que se anticipa. Y a esa máxima de que la realidad supera siempre a la ficción hay que contraponerla ahora esta otra: la ficción se anticipa a la realidad. Por eso, la fotografía se cuestiona la linealidad del tiempo y propone un concepto de memoria muy revolucionario y progresista que se rechaza de forma radical. Una circularidad que la vincula con la metafísica y la coloca en el punto en que la física cuántica abandona al hombre a su suerte y donde todo parece estar fuera de control y medida. No en vano, en estos últimos años se le ha negado cualquier vinculación con un desarrollo metafísico, lo cual está lejos de teóricos como André Bazin, Roland Barthes y Walter Benjamín, escritores imprescindibles para acercarse a la complejidad de la fotografía y cuyos argumentos son de tal brillantez y sensibilidad que puede afirmarse sin temor a ser muy imprecisos que hoy en día todavía no han sido superados. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, el concepto de “génesis automática” en Bazin, el “mensaje sin código de Barthes” y el despliegue romántico de Benjamin en torno a cuestiones como el aura. Sin olvidar las relaciones entre la imagen retiniana y la fotográfica que han desarrollado fundamentalmente sectores vinculados con la psicología cognitiva.

Resumiendo, lo importante es que si se asume la vinculación existente entre fotografía y memoria todas las piezas del puzzle comienzan a encajar y los dos extremos contradictorios que la rodean siempre: la historia y la metafísica encajan a la perfección mediante la intervención del fotógrafo (quien a su vez queda incluido en todo el conjunto). Aplicando esta idea en el trabajo de Ricardo Espinosa Orozco, se observa la fusión de su alma puesta en juego frente a una realidad escenificada en el espacio hiriente de una cárcel abandonada que forma ya parte de una historia y de una antropología de los escenarios de sufrimiento para el hombre. Por tanto, la interacción del fotógrafo con la realidad no niega sino que refuerza la verdad de los escenarios que fotografía y su presencia siempre es vital para ofrecer un punto de vista que contenga, a su vez, todos los otros puntos de vista y la deriva hacia la metafísica a través de lo que en la fotografía está fuera de control en su contradictoria génesis automática y en su capacidad de transmitir algo real pero que está fuera de cualquier código. Por todas estas cuestiones, la fotografía debe ser considerada algo más o, cuanto menos, algo diferente a un medio de representación convencional. Si no se acepta esto se cae en el delirio de considerar a las fotografías perversas y asquerosas en tanto en cuanto ponen ante nuestros ojos la conciencia negra de la humanidad. Y justamente eso es lo que no parece aceptar Thomas Bernhard: mirar los desechos (la mierda) de la humanidad a la cara sin sentir la necesidad imperiosa de volcar las imágenes al bidón de los desperdicios. Unos bidones que colocados en esta cárcel de Morelos son algo más que una alegoría de lo fácilmente que se puede uno deshacer de lo repugnante, de lo que molesta, de lo que no interesa, de lo que no se quiere que se vea… De la mierda.

Aquí “estubo” su padre putos

mesas y bancos de cemento en el patio
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Esta colección de Ricardo Espinosa Orozco sobre la cárcel guarda muchas similitudes estilísticas con algunas otras de sus colecciones en las que cruza lo antropológico, lo histórico, lo documental con cierto surrealismo que sirve para enfatizar la interpretación personal del fotógrafo. En este marco, sus fotografías parecen mantener unas distancias con la sofisticación y por eso son al mismo tiempo cercanas y lejanas. Este efecto en el observador se consigue fundamentalmente por la forma en que trabaja con lo siniestro, como su propio hermano tan bien ha sabido descubrir en la colección El silencio de las especies donde el artista rememora los escenarios en los que se reivindica el alma de los animales absolutamente vampirizados por el pensamiento científico y por el maltrato al que son sistemáticamente sometidos por el hombre (genocidios masivos en las perreras de todo el mundo, experimentos científicos de gran perversidad, extinciones provocadas, desajustes ecológicos son sólo algunas muestras de las barbaridades que hacemos con los animales). De la disección animal a otra disección: la del reo, donde lo siniestro es siempre una evocación en sus fotografías porque la realidad horrible sólo está sugerida y deja así paso a la melancolía. Todo esto facilita que la fotografía se convierta en un vehículo simbólico. De esta forma, el fotógrafo ha dado un salto del control científico –representado en El silencio de las especies– al control social planteado en Imágenes de una cárcel abandonada. Cuernavaca, Morelos, México. En el paso de una a otra el ser vivo ha desaparecido (no hay resto visible ni de hombre ni animal alguno en estas fotografías del penal abandonado) y en su lugar sólo prevalece el objeto simbólico: olvidado y rememorado después.

¿Cómo podemos situar ahora la convivencia de lo siniestro y lo simbólico en sus fotografías? Desde mi punto de vista, lo más adecuado es colocar lo siniestro en el lado de la realidad y lo simbólico del lado de la fotografía. Es decir, el relato siniestro puede estar atravesado en las imágenes (las vivencias de los presos) pero eso no quiere decir que las fotografías sean siniestras. En todo caso, son símbolos de esas experiencias y de los acontecimientos trágicos. De hecho, durante mis años de estudio en torno a la relación de lo siniestro y la fotografía en la representación del cuerpo he podido constatar que el pensamiento filosófico no aporta mucha luz sobre el tema si nos fijamos en los juicios estéticos. Otra cosa bien distinta es si se plantea desde el punto de vista de la tragedia. Y es ahí en la tragedia donde el concepto de lo siniestro se libera de los prejuicios y deja ver claramente donde está el mal y los autores del mal. Kant, Burke y Schelling no consiguen llegar desde lo siniestro a lo trágico encorsetados como están con los juicios estéticos un tanto moralistas y que les colocan en el estadio de lo bello es bueno y lo feo es malo. Por no hablar del acercamiento peligroso de lo siniestro a lo sublime que genera muchos equívocos. Si todo se ve desde la tragedia, lo sublime se contextualiza mejor dentro de una sensación de catarsis. Pero lo importante con la tragedia es que hay un relato en el que los personajes quedan claramente definidos (víctimas, verdugos, héroe, etc.). En este sentido, Benjamin, Nietzsche, Bataille, Freud, Artaud y Domenach son autores interesantes –aunque no los únicos– para comprender el sentido de lo trágico desde diferentes puntos de vista. Sin olvidar a Barthes, no sólo con su célebre Cámara lúcida sino con obras sensacionales como El susurro del lenguaje donde se plantea la escritura del suceso. Otro autores a tener en cuenta son Virilio, Berger, Derrida y el propio Foucault, aunque cada uno de ellos desde perspectivas distintas que podrían explicitarse con más detalle en otro momento y que podrían dar lugar, sin duda, a un artículo temático sobre los diferentes puntos de vista de estos teóricos sobre la tragedia expuestos de forma directa o indirecta en sus innumerables escritos.

pintada en la pared de una estancia que dice: AQUI ESTUbO SU PADRE PUTOS
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Si volvemos a la frase: Aquí “estubo” su padre putos, empezamos a ver con claridad los personajes del relato trágico de la cárcel: el preso, el funcionario, la justicia, la injusticia, el drama y el relato absurdo del abandono precipitado de la cárcel para dejar allí simbólicamente unas drogas que nunca más deberían retornar a la cárcel. También están a la vista los objetos y espacios simbólicos en los que se gesta la desgracia y el punto final de la historia fotografiado por estos dos artistas. De esta forma, su trabajo es el reportaje de las huellas de un drama. Y como veíamos en el caso de Pericles Lavat, también ahora con Ricardo Espinosa Orozco, el espectador asiste a la forma en que una tras otra caen todas las utopías que pueden sustentar la supervivencia del preso en espacios de tanta radicalidad. En medio de todo este caos, este sí dramático y sintomático de la época en la que vivimos, surge el cartel (una vez más la imagen fija reaparece como salvadora) que representa el camino por el que el preso puede no sólo simbolizar una huida de la realidad a través de la mirada a la mujer de la fotografía, sino llevarla efectivamente a cabo a por un túnel. Así sin querer, encontramos la forma en que el fotógrafo ha tratado de ir tejiendo toda esta artimaña desde el ofrecimiento de las llaves simbólicas que muestra en una de las fotografías y que nos han permitido pasear por un misterioso paisaje, que no es otro que un laberinto aún no recorrido del todo y en el que no sabemos muy bien dónde esta el tesoro y dónde saltará el monstruo sobre nosotros; de tal forma que la amenaza del encierro es persistente y la salida del laberinto sólo puede ser a través de un camino tortuoso intuido ahora desde las imágenes de una cárcel abandonada y señalado inequívocamente por el baile paradójico de creación y destrucción de Shiva.

Balada de la Cárcel de Reading

cacerolas abandonadas en la cocina
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Ya no vestía su casaca escarlata,
porque rojos son la sangre y el vino
y sangre y vino había en sus manos
cuando lo sorprendieron con la muerta,
la pobre muerta a la que había amado
y a la que asesinó en su lecho.

Entre los reos caminaba
con un mísero uniforme gris
y una gorrilla en al cabeza;
parecía andar ligero y alegre,
pero nunca vi a un hombre que mirara
con tanta avidez la luz del día.

Nunca vi a un hombre que mirara
con ojos tan ávidos
ese pequeño toldo azul
al que los presos llaman cielo
y cada nube que pasaba
con sus velas de plata.

líneas y números dibujados en la pared con el fin de tallar a los presos
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Yo, con otras almas en pena,
caminaba en otro corro
y me preguntaba si aquel hombre habría hecho
algo grande o algo pequeño,
cuando una voz susurró a mis espaldas:
“¡A ese tipo lo van a colgar!”

¡Santo Cristo! Hasta los muros de la cárcel
de pronto parecieron vacilar
y el cielo sobre mi cabeza se convirtió
en un casco de acero ardiente;
y, aunque yo también era un alma en pena,
mi pena no podía sentirla.

Sólo sabía que idea obsesiva
apresuraba su paso, y por qué
miraba al día deslumbrante
con tan ávidos ojos;
aquel hombre había matado lo que amaba,
y por eso iba a morir.

gimnasio
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

Aunque todos los hombres matan lo que aman,
que lo oiga todo el mundo,
unos lo hacen con una mirada amarga,
otros con una palabra zalamera;
el cobarde con un beso,
¡el valiente con una espada!

Unos matan su amor cuando son jóvenes,
y otros cuando son viejos;
unos lo ahogan con manos de lujuria,
otros con manos de oro;
el más piadoso usa un cuchillo,
pues así el muerto se enfría antes.

II

Unos aman muy poco, otros demasiado,
algunos venden, y otros compran;
unos dan muerte con muchas lágrimas
y otros sin un suspiro:
pero aunque todos los hombres matan lo que aman,
no todos deben morir por ello.

patio infantil con columpios, etc. y garita de vigilancia
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

No todo hombre muere de muerte infamante
en un día de negra vergüenza,
ni le echan un dogal al cuello,
ni una mortaja sobre el rostro,
ni cae con los pies por delante,
a través del suelo, en el vacío.

No todo hombre convive con hombres callados
que lo vigilan noche y día,
que lo vigilan cuando intenta llorar
y cuando intenta rezar,
que lo vigilan por miedo a que él mismo robe
su presa a la prisión.

No todo hombre despierta al alba y ve
aterradoras figuras en su celda,
al trémulo capellán con ornamentos blancos,
y al director, de negro brillante,
con el rostro amarillo de la sentencia.

No todo hombre se levanta con lastimera prisa
para vestir sus ropas de condenado
mientras algún doctor de zafia lengua disfruta
y anota cada nueva crispación nerviosa,
manoseando un reloj cuyo débil tictac
suena lo mismo que horribles martillazos.

minidormitorio con 2 literas de 3 camas destartaladas
Ricardo Espinosa Orozco
Colección: Imágenes de una cárcel abandonada.
Cuernavaca, Morelos, México.

No todo hombre siente esa asquerosa sed
que le reseca a uno la garganta antes
de que el verdugo, con sus guantes de faena,
franquee la puerta acolchada
y le ate con tres correas de cuero
para que la garganta no vuelva a sentir sed.

No todo hombre inclina la cabeza
para escuchar el oficio de difuntos
ni, mientras la angustia de su alma
le dice que no está muerto,
pasa junto a su propio ataúd
camino del atroz tinglado.

No todo hombre mira hacia lo alto
a través de un tejadillo de cristal,
ni reza con labios de barro
para que cese su agonía
ni siente en su mejilla estremecida
el beso de Caifás.

Oscar Wilde, 1898


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  • ISBN: 978-84-339-7299-6

Tema

A sangre fría narra la historia de un crimen: el asesinato de cuatro miembros de la familia Clutter a manos de Dick Hickcock y Perry Smith en el pueblo de Holcomb (Kansas) el 15 de Noviembre de 1959. Los dos delincuentes acuden al domicilio de los Clutter con la intención de robar porque esperaban encontrar una importante cantidad de dinero en una caja fuerte, según informaciones que habían recibido de un antiguo empleado de la finca. Al llegar, comprueban que no hay dinero en la casa y van matando uno a uno a las cuatro personas que se encontraban en ese momento en la vivienda: a Herbert William Clutter, a su mujer Bonnie y a dos de sus cuatro hijos: Nancy y Kenyon. El libro cuenta como tuvieron lugar estos hechos y la forma en que se llegó a detener y a ejecutar a los culpables.

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Cita

En algún momento de la década de los ochenta del siglo XX, la historia ha tomado la curva girando en dirección opuesta.

BAUDRILLARD, Jean, La ilusión del fin. La huelga de los acontecimientos, Anagrama, Barcelona, 1993, pág. 23.
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