En Noviembre de 2006 llegué a Ciudad de México para hacer una investigación sobre las fotografías de la Revolución Mexicana. Me había becado el Gobierno Vasco. Estaba llena de ilusión por realizar el trabajo y tener la ocasión de residir durante 2 años en un país tan fascinante como complicado. Entonces no estaba de moda el tema de mi estudio. Ahora sí, porque este año se cumple el centenario del acontecimiento y hay muchos proyectos, exposiciones, fascículos coleccionables, conferencias, libros y un sin fin de producción al punto de llegar a cierta saturación (bienvenida sea, por otra parte, así como la sana competencia que mantiene con la celebración del Bicentenario de la Independencia).

Exhibición patética de un cadáver del bando cristero
Exhibición patética de un cadáver del bando cristero. Ésta es una de las fotografías que me encontré en el Archivo de Aurelio Acevedo, de la UNAM.
© Archivo Aurelio Acevedo.

Pero cuando yo llegué no. Al parecer, tal era la "extravagancia" de mi investigación que terminé haciendo otra, que trataba de la Rebelión Cristera o lo que es lo mismo el conflicto religioso que vivió México en los años veinte (1926-1929). Y ésta también es bastante "extravagante". Hay que aclarar que esta guerra religiosa se conoce como antirrevolucionaria, ya que se produjo cuando la Revolución Mexicana ya había triunfado y gobernaba Plutarco Elías Calles, quien intento hacer unas reformas religiosas y chocó con los grupos católicos y con la Iglesia mexicana. Hay quien estudia esta guerra como una parte más de la Revolución Mexicana. La confusión está servida entonces. Y yo tuve que meterme de cabeza en esa ceremonia de la confusión en la que los papeles de buenos y malos ya estaban repartidos y en un tema del que nadie quería hablar. Para mí, siempre fue una situación tensa. Mucho silencio de ultratumba alrededor del conflicto. Una amenaza de estallido se sentía en el ambiente que, metafóricamente, amenazaba con afectar a la investigadora, como así pasó.

De la investigación sobre La Cristiada guardo muy buenos recuerdos, además de un texto con los resultados del trabajo que aún no se ha publicado. También recuerdo que, durante mi estancia, se diseñó una falda con imágenes de muertos del conflicto religioso para que la luciera una miss en un concurso de belleza y se armó mucho revuelo. De suerte que nunca se puso la espantosa falda que, entre otras imágenes, contenía la famosa fotografía de los cristeros colgados en postes telegráficos y otras de diferentes fusilamientos. El conflicto ha dejado muchas imágenes violentas, de las que he hablado ya en otras ocasiones, como aquella del cortador de cabezas. Casi todas las fotografías que se conservan de muertos y fusilados del conflicto son del bando que apoyaba a la Iglesia; es decir, de los cristeros. Aunque los cristeros participaron también en actos de gran violencia.

También sucedieron otras cosas durante la investigación. Por ejemplo, la Secretaría de la Defensa Nacional de México (SEDENA) me enseñó un álbum fotográfico de La Cristiada en primicia. No creo que hicieran un distingo conmigo, más bien pienso que no las habían enseñado porque nadie se las había pedido. Como pasa muchas veces en algunos archivos que parecen inmaculados y no haber sido visitados por los investigadores, algunos de los cuales están en plantilla de importantes instituciones y universidades con buenas nóminas y subvenciones; pero que luego lo que se dice investigar investigan más bien poco. Me dejaron hacer fotografías a las imágenes y guardo esos documentos con mucho cariño. Hubo un intento de publicar este material, junto con un artículo mío sobre las fotografías, en una revista del INAH. Al final, me eché para atrás porque querían cambiar mi texto. Ahora, a la distancia, creo sinceramente que no se trató de ningún intento de censura, pero en todo caso retiré el material cuando estaba ya casi enmaquetado. Tomé la decisión de publicar el artículo en su integridad en esta web, para que se respetara en su redacción inicial.

Cabecilla cristero no identificado, después de ser fusilado
Fotografía perteneciente al Álbum Fotográfico de la Secretaría de la Defensa Nacional de México sobre la Guerra Cristera. Texto que acompaña a la foto: "Cabecilla cristero no identificado, después de ser fusilado por soldados del 40 batallón de infantería". La SEDENA me mostró en primicia esta colección.
© SEDENA. Reproducción fotográfica: Marisol Romo Mellid.

De todas formas, este año 2010 tuve de nuevo la oportunidad de volver a México a hacer una investigación titulada: Las imágenes de la Revolución Mexicana: Violencia y cotidianidad. En esta ocasión fui becada por el Gobierno Mexicano a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). La investigación, a pesar de ir muy bien, se ha interrumpido de forma brusca por problemas de índole financiera. Pero, desde aquí quiero agradecer a la SRE la concesión de la beca, al tiempo que me disculpo por no haber podido terminarla. Como no hay dos sin tres, espero volver de nuevo a hacer la investigación y deseo que se cumpla el dicho: "a la tercera va la vencida" y entonces poder terminarla ya. Además de esta investigación sobre la Revolución Mexicana, me gustaría hacer en tierras mexicanas una sobre la fotografía de sucesos en la prensa, lo que allí se conoce como nota roja. Espero que estos proyectos se puedan realizar algún día.

Y es que los investigadores como yo que no estamos contratados en ninguna institución tenemos siempre muchos problemas para conseguir las financiaciones. Así que, en esta ocasión, he tenido que abandonar México obligada por las circunstancias económicas. La investigación sólo ha podido llevarse a cabo durante 3 meses en lugar de 12 que es lo que estaba previsto en el proyecto inicial. Una pena porque me hubiera gustado estar en México en estos momentos especiales de celebración y ofrecer mi pequeña contribución a esta ya montaña de trabajos sobre la Revolución Mexicana, que siempre me ha resultado fascinante en lo que respecta a mis facetas de estudio.

Además, es un momento ahora clave para la historia de la fotografía porque se están dando a conocer acervos nuevos, poco conocidos, que pueden facilitar una perspectiva más firme sobre el conflicto revolucionario a nivel visual e histórico. Realmente, yo me lo estoy pasando muy bien viendo la cantidad de exposiciones que se están haciendo, aunque lamentablemente no pueda ir en persona como sería mi deseo. Se ve que todo el mundo está buscando en los armarios a ver si tiene algo que enseñar y que aportar en este momento. Y en los armarios parece que había cosas muy interesantes guardadas. Entonces para mí esto es fascinante. Estoy expectante. Me pregunto extrañada donde estaban todos estos fondos fotográficos cuando llegué a Ciudad de México en el 2006. Está claro. Estaban escondidos. En la oscuridad de los archivos que nadie enseña o que nadie va a ver. Aparecí antes de tiempo y, ahora que es el momento, no puedo estar. Paradojas de la vida, que hay que aceptar de mala gana.

De todas formas y a pesar de estas interrupciones, he tenido la oportunidad de ver muchas fotografías de la Revolución en los diferentes archivos que he consultado; además de revisar muchos textos sobre el tema. En esta segunda visita a México, en plena celebración del Centenario, el objetivo era establecer una línea de análisis que permitiera confrontar dos aspectos diferentes en las fotografías: la violencia con la cotidianidad en el conflicto revolucionario mexicano. Hasta donde he podido llegar en mi trabajo, hay cosas importantes que se pueden destacar. Hoy sólo voy a hablar de las investigaciones que realicé del legado fotográfico de Jesús H. Abitia (Chihuahua, México, 1881).

El archivo, que la Fundación Carmen Toscano salvaguarda del fotógrafo mexicano Jesús Hermenegildo Abitia Garcés, está compuesto por 1951 imágenes; de las cuales 755 corresponden directamente al tema de la Revolución Mexicana, la mayoría de las cuales giran en torno a la figura de Álvaro Obregón, militar con el que tuvo una intensa amistad y con el que aparece en algunas fotografías. La documentación sobre las campañas militares de Álvaro Obregón es por sí sola muestra de la maestría propagandística de Abitia. Así, puede verse una sucesión de documentos con los que trata de idolatrar al líder y que lo consolidan como figura clave de la Revolución.  Desde los retratos de estudio, hasta los realizados en el campo de batalla, son todos ellos un ejercicio de exaltación al Obregonismo.

Resulta interesante la forma en que Abitia confecciona la estrategia propagandística en torno a Obregón. Precisamente porque uno de sus pilares va a ser la combinación de cierta agresividad (violencia) con ciertos aspectos cotidianos. Es una técnica para ofrecer una imagen moderada de una revolución que no tenía nada de templada sino más bien de todo lo contrario. Hay documentos gráficos de este tipo, en los que la violencia aunque está latente lógicamente se trata de desdibujar.

Hay una imagen  muy interesante que se puede mencionar. Se trata de la número: 1864. En ella se ve al general Álvaro Obregón comiendo con sus soldados ya sin mano. Es una escena de relajo que deja, sin embargo, traslucir cierta violencia. La amputación de su mano lleva de continuo al momento en el que tuvo lugar el incidente. Otras imágenes sí van a referirse de forma clara a la forma en que Obregón perdió esa parte de su cuerpo. En la número 76, sin ir más lejos, se va a tratar el tema. Este es el texto que acompaña a la imagen, realizada en la hacienda Santa Ana del Conde (Guanajuato) donde tuvieron lugar los hechos, mientras se enfrentaba con tropas al mando de Pancho Villa: “jefes y oficiales del Estado Mayor del General Obregón conduciéndolo en una camilla improvisada cuando una bala de cañón le arrancó el brazo”.

Pero, como para nivelar la presentación radical del acontecimiento, Abitia ofrece otra imagen de la hacienda en la que fue atendido Obregón el 3 de junio de 1915, en la que el espectador sólo puede ver un edificio solitario donde reina la calma y que, sin embargo, está empañado por un relato violento. Se ve, por tanto, una modalidad de manejo propagandístico del binomio: normalidad y violencia, que Abitia parecía conocer a la perfección y que ponia en juego para dejar bien establecidos sus objetivos ideológicos.

Abitia se descubre, por consiguiente, como uno de los fotógrafos de la Revolución Mexicana que moldeó y combinó la normalidad y la violencia en sus fotografías para conseguir unos objetivos estratégicos claros. En todo caso y, como ya se ha apuntado, eso no quiere decir que sus imágenes no dejen ver la violencia, aunque sí que trataba de moldearla y manejarla a su antojo. Es importante todo esto, porque aquí se pone en evidencia una estrategia por lo demás utilizada por muchos de los fotógrafos que retrataron el acontecimiento.

No obstante, la tragedia estaba en el aire y se filtraba desde los documentos fotográficos. Entonces había que tratar de moldear y trabajar los elementos estéticos y discursivos para generar una versión acomodaticia de unos hechos radicales. En esta línea de manipulación, se encuadran también la serie de fotografías sobre la amputación de la mano de Álvaro Obregón. Abitia en esa ocasión muestra en una de las tomas al Doctor Enrique Osorio sujetando la mano cortada de Obregón en una escena dura, pero alejada semánticamente del general al no aparecer la víctima misma en la fotografía. Con la ausencia de Obregón y la presencia de su mano, refuerza también la imagen del héroe. En otra de las fotos la mano aparece en solitario como despegada de todo cuerpo y de todo contexto histórico, para pasar a ser el semblante de una manipulación casi aséptica y de una mano que no se pierde del todo, porque está ahí para ser exhibida y consumida visualmente en una fotografía o en un museo, como así sucedió. Atención, por tanto, a este juego semántico que es definitivo para comprender el alcance de lo que supone el legado fotográfico de la Revolución Mexicana.

La lealtad del fotógrafo Abitia con Obregón es una alianza hasta el final. Además de bordar su imagen de líder, le acompaña en los momentos difíciles y en los últimos momentos también. De tal forma que la idolatría hacía Obregón no termina cuando éste es asesinado presuntamente por el cristero León Toral. La idolatría se vuelve a hacer realidad en las fotografías que dedica al monumento de Álvaro Obregón. El monumento es fotografiado durante su construcción y cuando ya ha sido terminado, como broche final a su trabajo de asentamiento del líder en esa combinatoria simbólica de cotidianidad y violencia.

Precisamente en lo que se refiere al capítulo de obras durante la Revolución Mexicana, el acervo de Abitia que resguarda la Fundación Carmen Toscano, ofrece unas imágenes de gran valor histórico y estético, que se prestan a interrelacionar con el propio contexto de la Revolución Mexicana. En unas 200 fotografías es capaz de mostrarse como un maestro de la fotografía arquitectónica, mientras vuelve a poner en evidencia sus dotes de manejo persuasivo. Resulta hoy en día muy interesante pararse en estos documentos. Imágenes de diferentes instalaciones y edificios de la Ciudad de México (donde Abitia había instalado ya su estudio fotográfico y de cine). Así pueden verse fotografías del Hospital Juárez, del Hospital General, del Hospicio y Manicomio General, entre otros lugares. No se ve a personas en esas fotografías. Muchas de estas imágenes de obras tienen que ver con la sanidad. Son espacios asépticos, limpios, nuevos, sin estrenar, donde la enfermedad, los males, las penurias y las guerras no parecen tener cabida. Otra parte de las fotografías está dedicada a la reconstrucción de edificios destruidos, y creación de nuevos, como el mencionado de Álvaro Obregón, el dedicado a la misma Revolución, etc.

Cabeza de Candelario García, "el romo". Fotografía realizada por Jesús H. Abitia
Cabeza de Candelario García, "el romo". Fotografía realizada por Jesús H. Abitia.
© Fundación Carmen Toscano

En el fondo fotográfico de Abitia hay también un espacio para la expresión más manifiesta de la violencia. En concreto, hay cuatro fotografías de muertos, una de las cuales muestra el rostro destrozado del cabecilla Candelario García, “el romo”, quien supuestamente combatió del lado de Pancho Villa, en ese momento enfrentado a Álvaro Obregón. Algunas ofrecen escenas de combate muy suavizadas por una sospechada puesta en escena; otras por el contrario parecen más reales (por ejemplo, la fotografía 210, cuya leyenda reza como sigue: “Hombres con fusiles en mano y cadáveres en vías del tren”, realizada en las batallas de Sinaloa, en julio de 1913). En otras ocasiones, la violencia aparece hasta cierto punto como un fetiche, como en el caso de la mano de Álvaro Obregón varias veces fotografiada por Abitia.

También hay que destacar las fotografías que Abitia dedicó a Venustiano Carranza, tanto en sus campañas militares como las que llevó a cabo con Álvaro Obregón y la atención prestada a la intervención de los indios yaquis y mayos en las campañas militares de Álvaro Obregón. En síntesis, el archivo fotográfico de Abitia sobre la Revolución Mexicana permite analizar la violencia y cotidianidad de las imágenes del proceso revolucionario a través de las estrategias propagandísticas, sus mecanismos y puestas en escena en los documentos fotográficos.


Libro recomendado

Ernst Theodor Hoffmann - El tonelero de Nuremberg

El tonelero de Nuremberg - Ernst Theodor Hoffmann
  • Título: El tonelero de Nuremberg
  • Autor: Ernst Theodor Hoffmann
  • Editorial: Editorial Pomaire
  • Lugar: Badalona
  • Año: 1980
  • Páginas: 119
  • ISBN: 84-286-1293-5

Tema

El tonelero de Nuremberg narra en clave simbólica la historia de amor de Rosa, la hija de Maese Matín, con el orfebre Federico. La novela explora la importancia de los presagios, del destino y la fatalidad en la vida de las personas. En definitiva, se trata de un enfrentamiento entre el absolutismo del determinismo y el relativismo del destino.

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Cita

Lo que sitúa al cuerpo en el centro del debate no es la moda, sino la perentoriedad. El cuerpo está siendo repensado y reconsiderado por artistas y escritores porque está siendo reestructurando y reconstituido por científicos e ingenieros.

EWING, William A., El cuerpo. Fotografías de la configuración humana, Siruela, Madrid, 1996, pág. 9.
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