Un caso de “Tanatos-grafía”

Recientemente leí una frase que me llamó mucho la atención y que decía algo así como que los analistas de cine, mucho más listos que los de fotografía, hacia tiempo que habían anunciado la muerte del cine y, por tanto, planteaba el autor si no era ya la hora de anunciar la muerte de la fotografía.

Sin embargo, no ofrecía ninguna indicación respecto a qué, cómo y bajo que circunstancias podría haber muerto la fotografía. Por lo pronto, y para meternos inmediatamente en materia yo sostengo que el cine ha muerto en tanto en cuanto se ha ido alejando de lo fotográfico. La fotografía, por el contrario, mantiene desde hace unos años un progresivo acercamiento a lo fotográfico y, por tanto, está muy lejos de la muerte.

Mi hipótesis, es que la fotografía no ha muerto. Y hay muchas evidencias que apoyan de forma contundente mi afirmación, como iremos viendo. Es posible que alguien pueda encontrar un tanto tautológica mi aseveración de que la fotografía se está aproximando a lo fotográfico, pero eso no la exime de ser una realidad o, mejor, una evidencia desde la perspectiva contemporánea.

Lo fotográfico entendido como la huella lumínica de las formas de la realidad, garantiza en alguna medida que la veracidad y el punto de vista sean dinámicos y que lo simbólico pueda estar fuera de todo control o sustentado por el lenguaje de las apariencias.

Es decir, ha llegado el momento de plantearnos seriamente en qué forma lo fotográfico consigue domar (literalmente mantenerlo a raya para que no se desborde) el discurso metafísico y existencial del sujeto, en tanto en cuanto mantiene un vinculo con la realidad que ningún otro medio de expresión artística puede mantener.

Además, constituye un auténtico seguro de vida si tenemos en cuenta que en un momento en que las empresas massmediáticas tratan de vender su veracidad a través de las fotografías, lo fotográfico pone en duda esa autenticidad precisamente por su capacidad de relacionarse inmediatamente con lo simbólico y por su facultad también para movilizar los puntos de vista, los enfoques sobre esas huellas lumínicas de las formas (los fantasmas de la realidad, en último término).

Lo fotográfico se consolida como mediador entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira y entre la vida y la muerte. Es, por tanto, un espacio de tránsito, un momento de respiro para poder mirar la fotografía, en este caso como auténtica huella de la realidad (siempre entendido como concepto provisional) y poder darnos cuenta de lo que ésta nos propone o impone.

Esa es la naturaleza del juego que nos sugiere lo fotográfico y su muerte lleva consigo la muerte del espacio de la reflexión y de la crítica; lo único que se había salvado hasta el momento de la “criba” postmoderna. Matarlo nos posiciona, en todo caso, en un estadio tan perverso como incómodo e inhóspito. Ya resulta bastante patético los ataques claros y directos contra el cine (entendido como un espacio de encuentro del sujeto con lo simbólico) y, en especial, los intentos partidistas de resucitarlo en sus aspectos más decrépitos.

La conclusión es clara, entonces. Salvaguardar lo fotográfico supone no sólo salvarnos a nosotros en cuanto sujetos sino salvar la posibilidad de pensar, de resituarnos en la realidad sobrellevando o intentando sobrellevar esos “empachos” de veracidad con los que intentan sedarnos.

En esta batalla, en este drama (porque esto es un drama –recordemos estas palabras de Derrida), lo fotográfico debe arrastrar al cine a ese espacio de reflexión y de estética crítica y simbólica. Despertarlo de esa muerte o mejor de ese estado catatónico, en el que se encuentra y del que saca claro provecho la industria cinematográfica actual que sólo entiende el discurso de la rentabilidad, es una tarea tan pendiente como necesaria. El cine, en consecuencia, necesariamente tendrá que reanudar sus vínculos con lo fotográfico para continuar en juego o con el juego de lo simbólico.

La presencia de lo simbólico no garantiza (ni impone) que algo deba necesariamente comunicar, más bien el símbolo establece una relación importante que es la de vincular la expresión y la significación, aunque esto no garantice el éxito de un proceso comunicativo (siempre precario y amenazado de continuo por el ruido). Lo importante es que lo fotográfico permite la creación de un espacio de experiencia, o de experimento, siempre necesario para asegurar la vida de la imagen.

No olvidemos que la fotografía se ha puesto en cuestión como signo y como texto, pero es, paradójicamente, entre esos dos conceptos analíticos entre los que inevitablemente despliega su potencial y su ambigüedad. Lo fotográfico, por tanto, más allá del signo y del texto, conforma un espacio de posibilidad de ser para la fotografía.


Cita

He de tener los ojos bien abiertos y si veo algo sospechoso avisaré inmediatamente a los otros… Sólo que no hay otros…

ALLEN, Woody, Sin plumas, Tusquets, Barcelona, 1981, pág. 68.
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