El otro día vi en la televisión una fotografía impactante: el rostro de un niño que oía por primera vez. Era una fotografía antigua, extraída del ámbito científico. Su expresión no era sólo la expresión de la sorpresa, porque en algún punto de su rostro algo me llevaba al escenario de la locura. De la locura que supone pasar del silencio al sonido. Pensé entonces que algo de esto pasa con las fotografías de Weegee. Si no locura, sí trauma. Son imágenes que sugieren la confusión de las acciones y de los sentimientos. Realmente fue un descubrimiento para mí observar como un fotógrafo de sus características se mueve siempre en el abismo temático; en ese punto en los que los temas derrapan y caen a otro sitio distinto al que se supone deben estar. Hasta que no vi la exposición que le ha dedicado la Fundación Telefónica no percibí su particular exploración fronteriza del lado oscuro, ni sus peculiaridades o rasgos.

Realmente, Weegee (Arthur Felling) no es sólo un fotógrafo de sucesos como se ve a través de las 280 obras pertenecientes a la colección privada de los suizos Michel y Michèle Auer. Pero sí es un fotógrafo de sucesos en un sentido que supera lo estrictamente periodístico o documental. Contextualizado su trabajo en un momento histórico de actuación de las vanguardias, pero también de la fotografía documental, muestra una herencia americana y europea que sitúa su trabajo en un ámbito universal; pero eso sí bien ceñido a las imágenes robadas a la ciudad neoyorkina en los años 30 y 40. Es decir, su valor genuino y apegado a la sociedad norteamericana de la época está bien atado a una situación general. Sus fotografías, por tanto, forman un puzle importante para la historia de la fotografía, entre otras razones porque el suceso y sus protagonistas comienzan a tener importancia también desde su presentación visual. Sobre todo porque son personajes colocados al borde de algún tipo de abismo. No sólo se documenta la realidad, sino que se exploran los límites de las situaciones y de los personajes que toman fuerza y se debilitan en el caos.

La confusión que a veces acarrea el sufrimiento está en muchos de los rostros que fotografía. Es el rol del observador el que está en juego, también en los límites de la locura o en los pasillos de transición a lo insólito e indómito. Es el lado salvaje de lo social lo que barrunta, tanto si proviene del poder como del individuo en particular. En alguna medida claro. Porque no es el instante netamente decisivo sino el que está un poco más atrás o un poco más adelante. El patinaje estético que mencionaba antes. Sí es el suceso pero rodeado de muchos más elementos.

Las fotografías están presentadas por temas que van marcando sucesivos cortes en el visionado del trabajo. Cortes que, en ocasiones, son fuertes pero que contribuyen a llevarse ese sabor desgarrador y a veces gélido de su estética. Son unas fotografías que hablan de lo escandaloso, de una forma especial para cada imagen y tema. Evidentemente no es lo mismo hablar de las terribles consecuencias de la pobreza extrema, que del crimen. Tampoco es lo mismo enfrentarse a la problemática del alcoholismo, que a la frivolidad de los ricos. Y todos esos matices están en sus tomas. Y lo escandaloso derrapa de un lado para otro de continuo. Resulta notorio entonces comprobar ese juego entre la estética y la política, que en Weegee es una lucha interesantísima para entender la complejidad de la fotografía.

Murder in Hell's Kitchen
© Weegee / International Center of Photography / Getty Images.
Murder in Hell's Kitchen, 1940's

Es un trabajo complejo y contradictorio de estetización del lado oscuro: del delito, de la marginalidad y de la tragedia; sin embargo esta poética visual tiene sus propios “quejidos”, sus propias denuncias. Los flashazos de Weegee dejan ver muchas cosas en medio de sus escenas en blanco y negro. Por ejemplo, la fotografía famosa del hombre ya muerto en el suelo al lado de una pistola que continua apuntándole, pone en escena cierta dinámica de estetización que hace que la narración de lo que allí ha sucedido no sea lo único importante. Hay también una inquietante belleza en la imagen que tiene que ver con la composición y con la congelación del cuerpo muerto en escena. La pistola lo dice: allí algo pasó, que sesgó la vida de ese hombre ahora en el suelo, en la escena del crimen para forenses y policías. El espacio cotidiano de la calle pasa así a ser la escena del crimen. La fotografía, sin embargo, va más allá de esa escena del crimen porque muestra la pesadilla de la verdad y de lo inevitable. Es, por tanto, el límite estético del dolor; cuando las cosas ya no pueden cambiarse y cuando la sangre ya no se ve aunque se sabe que se derramó y que puede continuar derramándose. La pistola de nuevo habla y también el rostro del muerto; en ese contexto callejero y criminal.

Esta fotografía forma parte de la serie: Policía y CIA, donde hay otras imágenes suyas conocidas; conformando todas ellas uno de los bloques fuertes de su producción fotográfica y de esta colección: la referida al delito y al crimen. Impregnadas todas ellas con unas inevitables referencias a la estética del cine negro. Las pistolas, la iluminación, los sombreros, los personajes y la composición en general dejan ver componentes estéticos y narrativos que están del lado de este género cinematográfico. La estética del delito y del crimen aflora también de forma abrumadora, al lado de la radicalidad y expresividad del blanco y negro de los fotógrafos gráficos de la época como el propio Weegee.

Knock Out: Golpe y Afuera

En medio de esa estética, los personajes retratados están encadenados a su contexto fotográfico y también social. La imagen del borracho al lado del restaurante, perteneciente a otro apartado temático, deja ver de forma ostentosa la atmósfera publicitaria en torno a la bebida. El escenario urbano retratado ahora, no como escena del crimen, sino en simbiosis con la autodestrucción a través del alcoholismo. La presencia de botellas, de anuncios de bebidas, en la luna del restaurante, refuerza la presencia de ciertas estrategias de persuasión que actúan sobre las voluntades individuales. El cuerpo derrumbado contiene en sí mismo una amalgama de mensajes que hablan de modernidad y sociedad de consumo, al mismo tiempo que de la precariedad de los cuerpos y su sometimiento a discursos disuasorios que le dejan noqueado (Knock Out: Golpe y Afuera). Y la fotografía le sirve de prueba para exponer estos otros delitos de lo social, que tumban al individuo al suelo de forma más cruel que las propias pistolas. Hay, en definitiva, cierta literalidad hiriente. Las cosas no se insinúan sino que quedan bien a las claras.

whisky Golden Wedding para las bodas
© Weegee / International Center of Photography / Getty Images.
"No se ha contentado con comer...El restaurante cerrado esa mañana
promociona el whisky Golden Wedding para las bodas"

Como se va viendo, en muchas de sus fotografías Weegee hace un retrato valioso de la sociedad norteamericana del momento, pero también de la irrupción de la ideología del consumo en las grandes ciudades, donde se mezcla el delito, con el mundo de los vicios, de los mensajes publicitarios, de la ostentación, de la marginalidad y de la miseria más absoluta. Es, básicamente, un discurso de la trascendencia y de la crítica porque este reportero no desaprovecha la ocasión para poner en evidencia los lados oscuros y puntos espeluznantes del sistema político y social. Por eso, todo en sus imágenes gira alrededor de la presencia humana o, dicho en otras palabras, el cuerpo “absorbe” un discurso fuerte y definitivo; casi ejemplar o modélico podría decirse.

En términos coloquiales sería algo así como manifestar que sus imágenes no tienen desperdicio. Nada en ellas es banal. Todo tiene su sitio y su por qué. Cada una de las series temáticas de esta amplísima exposición contienen varias fotografías destacadas; algunas más conocidas que otras. Las fotografías se han agrupado siguiendo los siguientes temas: Incendios, La vida del circo, Coney Island, Harlem, Policía y CIA, El cine de la calle, Desnudos y fotomontajes, La Bowery, Striptease, En la opera, Durmientes, Espectáculos, Weegee’s People y Sábado por la noche.

A excepción de algunas fotografías, la mayoría rezuman mucho pesimismo. Aún cuando a veces quiere jugar con los temas y hacerse pasar por un fotógrafo de actos sociales, algún elemento discordante surge en la fotografía que pone en primer plano la crítica o la ironía. Tal vez por eso algunas de las fotografías más banales y amables, dejan flotar en el aire alguna pregunta sin responder y aparentan ser simples documentos fotográficos de un momento curioso, que describen las costumbres de la época  y los modos de comportarse en sociedad de los norteamericanos en esos años. Por eso, deja a la vista siempre cierta hipocresía entre la fachada de las buenas costumbres y la trasera de la transgresión. Se decía antes, nada parece sustancialmente banal en sus fotografías.

The Fashionable People
© Weegee / International Center of Photography / Getty Images.
The Fashionable People
, 1943

Hay que recordar que, como reportero gráfico que fue, sus fotografías toman vida en un contexto netamente periodístico. Es decir, la mayoría de ellas fueron publicadas en la revista Life y en otros periódicos y revistas de la época, por lo que han ido conformando un imaginario del suceso, de lo marginal y de las costumbres en la ciudad; que es ya un referente para el estudio de la percepción que la sociedad americana tenia de sí misma. Retratada en los bajos fondos de su moral, al mismo tiempo que los bajos fondos de lo social. El trabajo de Weegee puede calificarse como un auténtico psicoanálisis fotográfico de una sociedad necesariamente enferma a la vista de imágenes como la de dos mujeres que ostentan su riqueza al lado de otra que están pidiendo en las calle. De golpe, el choque es radical. Más allá del discurso de los ricos frente a los pobres con un paseo triunfal camino de la opera, está cierto olor a podrido de una sociedad que consiente, permite y finalmente fotografía el escenario radical de las desigualdades e  injusticias. Inquietante resulta la mirada directa a la cámara de estas dos mujeres ricachonas, frente a esa otra de la pobre que nada espera de la cámara pero sí posa al ritmo de la coreografía de pedir limosna o esperar compasión ajena. La imagen deja, además, muchas otras lecturas, como el choque tremendo entre lo visible y lo invisible. Tanto más visible se nos muestra a la mujer pobre, tanto menos la ven las otras, preocupadas en lucir sus atuendos, sus joyas y sobre todo su status económico. El mensaje fotográfico pugna por imponerse a la ceguera psicosocial, en un contexto demoledor que avanza y avanza al mismo ritmo que estas mujeres de la alta sociedad. El camino a la diversión confrontado al camino del dolor y del horror de verse en el papel del perdedor: de la mal vestida, de la que nadie ve. El personaje más importante de la fotografía es ignorado, eliminado y marginado sistemáticamente. La jugada está servida y los perdedores bien definidos también.

Este choque entre lo visible y lo no visible tiene que ver lógicamente con los temas y las formas en que se definen a través de la estética de este fotógrafo, que se interesa por fotografiar las perversiones de una sociedad ya metida en un auténtico torbellino de modernidad y ofreciendo la corrupción psicosocial de un contexto ya pasado de rosca. Por consiguiente, lo que prevalece es el lema: Knock Out: Golpe y Afuera. Muchos de los personajes de Weegee saben de sentirse empujados: de la calle a la pesadilla de los escenarios de locura o de marginalidad, donde sobrevivir es un problema también fotográfico. Alguien se preguntará cuál es la forma de encajar las fotografías de Weegee más vinculadas a las relaciones afectivas en este contexto estético. La respuesta para mí es clara: el deseo oscila entre la marginalidad y la hipocresía. No hay ni un solo momento fotográfico en Weegee en que el sexo tenga una cierta normalidad. Los besos siempre son clandestinos y parecen arrancados también de forma poco ortodoxa, digamos. Todo esto no es un defecto del fotógrafo sino de la sociedad que fotografía, sumergida en esa patología de orden psiquiátrico; donde las alucinaciones, las depresiones y las manías parecen más una constante que una excepción.

Resulta interesante confrontar las fotografías de crímenes y policiales con estas otras con un carácter más documental de lo social porque permite dejar a las claras algunas cuestiones de gran calado respecto a trabajos fotográficos de este tipo, donde el fotógrafo necesariamente se enfrenta al caos más absoluto. Es decir, todo lo que tiene enfrente parece imposible que suceda, pero sucede. Asesinatos increíbles, incendios, ambientes demoledores, tragedias, etc. Todo este cúmulo de sucesos y de aspectos forman un todo monstruoso que el fotógrafo aborda con afán de atrapar el lado oscuro y tratar de esbozarlo. Es la radicalidad de la calle, de la vida y de la muerte, imposible de moldear de forma precisa y por eso mismo inconmensurable.

Lo que se salva de la corrupción

El legado fotográfico de Weegee pone en evidencia que prácticamente nada ha cambiado y todas las imágenes que él realizó pueden seguir haciéndose sin problemas en cualquier ciudad o lugar del mundo. Es verdad que la apelación temática a lo sentimental le concede cierto carácter de universalidad, pero hay que recordar nuevamente que su trabajo está bien contextualizado. Porque, es importante decirlo, sí hay cierto romanticismo en muchas de sus fotografías en las que se acerca a los protagonistas de una mala vida o una mala jugada. Es entonces cuando se descubre una faceta importante en su carrera fotográfica: la de retratista del sufrimiento o mal vivir de las personas. Se apropia así del cuerpo que siente y que sufre las consecuencias de un destino nefasto, corrompido y lleno de mierda en sentido metafórico pero también literal. Y eso es lo terrible cuando se juntan en un mismo rostro el mal interior y el del suceso y eso es lo meritorio: cuando el fotógrafo arranca esa verdad a voces y la coloca ante el espectador, que lógicamente no puede dejar de verla. El secreto a voces se desvela, pero da igual en todo caso; todo termina siendo sólo un juego estético y nada cambia. Se vuelve así al tema de partida con el que se iniciaba esta reseña: al de la locura, el trauma y a la exploración de los límites de expresión. Es un círculo vicioso. La sorpresa del niño al oír por primera vez, es también la expresión de la sorpresa de ver que los diferentes y variados escenarios de violencia persisten. Lo excepcional y lo habitual terminan por ser las caras de una misma moneda.

se esconden del fotógrafo con ayuda de su sombrero
© Weegee / International Center of Photography / Getty Images.
"Estos importantes caballeros con zapatos de charol
se esconden del fotógrafo con ayuda de su sombrero"

Es destacable la variedad de rostros que muestra Weegee. Algunos de ellos tapados por sombreros, pañuelos o libros religiosos, que tratan de esconderse de la cámara o tras su propios objetos simbólicos. Por contra, hay otros que expresan claramente su tristeza, decepción, sufrimiento o morbosidad y que no parecen tener temor a ser vistos. En medio de las caras que, o bien se esconden o se muestran de forma notoria, hay otras que parecen fotografiadas de forma más clandestina. Así encontramos imágenes osadas que contrastan con la moralidad de la época, en las que las mujeres aparecen con poca ropa o vestidos atrevidos para actuar en bares nocturnos. Es paradójico porque Weegee se introduce en los lugares de entretenimiento para ilustrar como trata de divertirse la gente de las diferentes clases sociales. Y lo que parece que tiene que ser diversión está retratado de una forma un tanto agridulce. Los cines, los circos o las trastiendas de los espectáculos eróticos terminan por estar impregnados por cierto patetismo que viene de un sitio o de otro: de la hipocresía, de la degeneración, de los vicios, de la miseria, etc. El retrato del payaso Emmett Kelly resulta más enigmático aún en medio de esta amalgama de personajes nacidos, corrompidos y abandonados a su suerte en la urbe neoyorkina; donde los niños duermen en ocasiones hacinados en las escaleras de incendios y los negros tratan de desarrollar una vida digna en medio de la marginación. También los símbolos patrióticos están visibles en estas imágenes. Además de los empresarios de boxeo que amañan combates, gánsters que comercian con lo prohibido, incendios que han dejado imágenes casi fantasmales, crímenes, devociones, adoraciones, pasiones y costumbres. La modernidad compuesta y corrompida inevitablemente. Por eso son imágenes que juegan con la coreografía del caos y su interacción con los cuerpos.


Cita

La fotografía se inventó más para sustituir a la memoria (el Arte de la memoria) que para mejorar el arte de la representación de la realidad.

CATALÀ DOMÉNECH, Josep M., La violación de la mirada. (La imagen entre el ojo y la mirada), FUNDESCO, Madrid, 1993, pág. 50.
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