ENFRENTARSE A LA REALIDAD DE GOLPE

El espíritu de la Nouvelle Vague sigue vivo entre los realizadores que defienden el cine de autor.

La película de Truffaut2 comienza con un paseo por las calles de París. El punto de partida es una imagen más bien oscura que se va aclarando, poco a poco, a medida que nos acercamos a la torre Eiffell. Ese progresivo avanzar hacia la claridad, anticipa ya en alguna medida el enfrentamiento con la realidad de la historia con la que inevitablemente nos va a enfrentar el cineasta. Golpes de vista, golpes de acción, golpes de la vida; serán en síntesis los cuatrocientos golpes como anticipa el título.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

No es la imagen habitual que tenemos de la torre Eifell como un monumento espléndido al que hay que admirar; aquí es un punto de referencia, un anclaje contextual que vamos bordeando poco a poco con la cámara ligeramente subida (no llegamos a ver el suelo) mientras que la claridad hace acto de presencia en la escena. Se abre el telón, entonces, para la historia de un adolescente “descolgado” emocionalmente y que vaga un poco perdido en los acontecimientos de una vida difícil en una edad también muy complicada, recibiendo continuamente los golpes que anuncia Truffaut.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

A Antoine Doinel le vemos por primera vez en la escuela. Sus compañeros se van pasando, mientras el profesor escribe en la pizarra, un calendario con la fotografía de una mujer exuberante con poca ropa. Atrapado por el profesor con la revista sobre su mesa, es castigado, no por tener algo que no debiera, sino por mirar aquello que no se debe mirar y por haber activado su deseo sobre aquella imagen.

De pie, castigado por el profesor, Antoine escribe lo siguiente en la pizarra: Aquí sufrió el pobre Antoine Doinel castigo injusto de un profe cruel, por culpa de una vampi dibujada en un papel. El profesor le manda borrarla y le dice. "todo lo hace mal amiguito. Vaya a su sitio a copiar esta poesía. Lo siento por sus padres. ¡Ah!, bonita Francia dentro de diez años".

La escena termina con la imagen de un monumento conmemorativo de la Revolución Francesa en la que puede leerse los lemas que la presidieron: Liberté, Egalité y Fraternité que está en la fachada del colegio. Las referencias políticas son claras y ponen en evidencia la posición escéptica del cineasta en relación a que esos principios realmente dirijan los destinos del país.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

Frenado (y castigado) en ese deseo primario –decíamos antes– por el profesor, por casualidad se encuentra con su madre en la calle en brazos del amante, mientras hacia “novillos” con René, su mejor amigo. En ese momento, su madre es el personaje al que se le sorprende volcando su deseo (su cuerpo) en la persona no destinada para ello. La sanción le llegará desde la mirada de su hijo. “Pillados” los dos en falta esta vez ya no habrá castigo porque el escarmiento llevaría consigo el enunciado verbal de una falta.

Culpa, que hasta ahora sólo ha sido enunciada desde el registro visual y desde la clandestinidad de los diálogos de las dos parejas de personajes. No en vano, la cámara atrapa el beso del amante y las miradas de asombro y temor que madre e hijo se dirigen mientras que Antoine y su amigo se van alejando.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

Esta es la conversación que mantienen los personajes en este encuentro:

Con esta conversación, René nivela la escena a favor de su amigo, que desde ese momento tiene la sartén por el mango porque su madre no puede decir nada en su contra, ya que él en esos momentos conoce su secreto. Sabe que su madre no es sincera y que engaña a su padre con otro hombre, pero también sabe que ella sabe de sus piras escolares. Las miradas han producido un intercambio de saberes. Lo visto pasa así a ser lo conocido, lo sabido por los que han mirado.

Recordemos que su padre es un padre “postizo”, pero sin embargo se preocupa mucho más por Antoine que su madre que no es más que una mujer interesada en sí misma (recordemos esa conversación en la que la recrimina por no comprarle unas sábanas nuevas para el muchacho). De fondo, Truffaut no trata de denigrar a la mujer o a lo femenino al plantear este tipo de situaciones, sino que más bien nos deja ver hasta que punto lo artificial puede funcionar mejor que lo natural.

Que no es otra cosa que lo que él hace en la película: mostrar el artificio de la realidad, enseñarnos que la realidad no es natural, no se adecua a las personas, sino que más bien son los personajes los que no dejan de intentar resituarse en la realidad. O, lo que es lo mismo, utiliza la cámara para mostrar en qué forma el artificio puede funcionar, puede simular la realidad de unos personajes y de sus historias. Y hasta que punto lo que muestra la cámara, en su artificio y sofisticación, puede ser más natural que la realidad misma.

En este punto, tendríamos que considerar lo que de documental pueda o no tener esta película y, desde nuestro punto de vista, el film es fiel a una época y a un contexto social, ya que el trajín de la ciudad (el tráfico, el metro, la importancia del gremio comercial) está perfectamente escrito, así como la forma en que la vida diaria se convierte para los más pobres en supervivencia en la época de la modernidad.

De otro lado, la historia de Antoine parece paradójicamente sobrevolar toda referencia documental y ubicarse en el campo de las emociones, del sujeto, del personaje. Es un drama personal dentro de un segundo drama que es el de la familia que, a su vez, pertenece a otro tercer espacio dramático: la ciudad de París. Es el discurso del infierno el que sostiene Truffaut como iremos viendo.

Antoine, haciendo gala en todo momento de una mirada espontánea, marca prácticamente solo el ritmo narrativo de un guión compacto a través de sus acciones y poses, desde una esfera familiar desestructurada donde él es continuamente excluido al verse obligado a mentir de continuo.

Tras pillarle el profesor mirando a aquella mujer del calendario, le manda como castigo un trabajo que no hace. Para no presentarse sin el trabajo, recordemos que hace novillos (el día que se encuentra con su madre y el amante en la calle) y al día siguiente cuando vuelve al colegio le dice al profesor, asustado y sin saber que excusa poner, que ha faltado a la clase porque su madre ha muerto.

Cuando se descubre que es mentira, le expulsan de la escuela por unos días y su padre le pega un sopapo en el mismo colegio. Bofetada que, entre otras cosas, marca el comienzo del derrumbe de Antoine. La prueba está en que después vuelve a casa y es expulsado nuevamente por el profesor al haber copiado una redacción de Honoré de Balzac (con el título: “La muerte del abuelo”).

Precisamente en su casa había improvisado un pequeño altar en honor a Balzac (con una fotografía, un manuscrito y una vela) para tener suerte con la redacción ya que su madre le había prometido un regalo si sacaba buena nota en el ejercicio. El altar se quema antes de entregar la redacción y Antoine lo considera una señal de mala suerte. Su padre le riñe y se va distanciando cada vez más del joven. Lo decíamos antes, el derrumbe del muchacho corre paralelo al despecho del padrastro que se va alejando progresivamente del muchacho.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
Antoine con su amigo René, que a
pesar de cometer muchas travesuras
tiene más suerte y también más
malicia que su amigo

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
El altar en honor a Balzac que
Antoine prepara con la esperanza de
sacar buena nota en la redacción.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
Su padrastro se enfada con Antoine
por haber dicho al profesor que había
faltado a clase porque su madre
había muerto.


En todo caso, Antoine al igual que la cámara se mueve esquivando obstáculos sin más interés que salir airoso de los líos en que se mete, movido más por la inocencia que por maldad. Son, sin más, travesuras de un joven, las travesuras de una cámara por la ciudad de París y el esfuerzo por “domesticar” la realidad aplastante desde el objetivo de la cámara.

Esa realidad que Antoine no consigue controlar y que se impone continuamente. Podemos aventurar, por tanto, que hay dos luchas con la realidad en el film: la que mantiene el cineasta y la que mantiene Antoine. Las dos igual de imprevisibles, tensas y extrañas.

Abandonado por el cariño de sus padres, sólo le queda su amigo René y juntos comienzan a realizar algunas travesuras más graves, como robar una máquina de escribir en la empresa de su padrastro, que después tendrán que devolver porque no consiguen venderla y que será la causa de que le ingresen en el correccional.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'


fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

La escena en la que Antoine intenta devolver la máquina de escribir condensa en escasos fotogramas el surgimiento y el derrumbe del héroe. En los dos primeros observamos como Antoine se enfrenta al intermediario que se quiere quedar con la máquina sin pagar. Nace en ese momento el héroe que sabe enfrentarse con éxito a todas las cosas y tomar decisiones.

Para que no le reconozcan, se pone un sombrero y vuelve a la oficina de su padre a dejar la máquina de escribir en su sitio. Su fortaleza como triunfador se derrumba en el mismo momento en que le atrapan. Un sombrero que curiosamente mantendrá puesto mientras le anuncian que le van a acusar de vagabundeo y robo.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
Antoine en el momento que le anuncian las acusaciones de vagabundeo y robo que hay en su contra

Un sombrero que nos remite al escenario del western y a personajes como los que interpretaba John Wayne, ese hombre duro que sabe mantenerse firme ante los golpes de la vida y, sin embargo, cuenta con la compasión de los demás, de aquellos que han sido espectadores accidentales de sus desgracias. Las acciones de Antoine “atrapan” al espectador y le conducen al escenario de derrumbe en el que el relato clásico debe tomar parte o hacerse cargo de nuevos personajes creados desde el escenario de la ficción, pero que también pueden ser de carne y hueso.

En el viaje hacia la cárcel, volvemos a recorrer de nuevo las calles de París en el furgón en el que va Antoine. En esta ocasión, vemos la ciudad de noche y desde los ojos de un personaje apesadumbrado y lleno de soledad. Un personaje que llora en la penumbra tras los barrotes del furgón.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

Es una ciudad muy diferente a la que veíamos en el comienzo del filme, donde transitábamos del negro a la claridad de la ciudad. Ahora la cámara nos deja ver el espectáculo oscuro de las calles a través de los hierros del coche policial. Volvemos, por tanto, a la oscuridad y al movimiento incierto de los personajes por la vida. El niño es ahora más vulnerable y podemos reconocerlo como víctima, igual que nosotros somos observadores interesados que avanzamos con la cámara y nos trasladamos con él a ese futuro incierto, al encuentro de ese nuevo golpe.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

De la realidad de la calle, a la realidad de la cárcel; así se conforma ese nuevo golpe de vista. Tumbado en su celda, Antoine divisa el edificio carcelario desde una posición de total indefensión. Aplastado desde la visión de un plano imposible, se angustia en un ambiente ajeno y hostil que le arrastra hacia el centro de observación de menores delincuentes.

Antes de escaparse, mantendrá una entrevista con la psicóloga en la que nos ofrecerá a todos las respuestas a las preguntas que le llegan directamente desde la cámara, ya que en ningún momento veremos a su interlocutor porque nosotros somos los únicos interlocutores validos en este juego de Truffaut.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'

Durante la entrevista los espectadores nos enteramos de qué es lo que piensa Antoine sobre todo lo que le sucede, a la par que vamos descubriendo algunos detalles sobre su vida a los que hasta el momento no habíamos tenido acceso. En ese fundido final de su rostro durante la entrevista con la puerta de entrada del centro, por donde entrarán más tarde su madre y su amigo René, se eleva el nivel de dramatismo en relación a lo que supone para un joven ser confinado en un centro donde injustificadamente se le pega y se le trata mal.

En este sentido, recordemos como recibe una bofetada porque come un poco de pan antes de sentarse a la mesa. Esa muestra de falta de control sobre los instintos le costará este último castigo. De fondo, se vuelve a repetir lo mismo que en ese primer castigo en el que el profesor le pega por que tiene un calendario de una mujer sobre su mesa (una fotografía que se estaban pasando todos los compañeros pero que es a él finalmente al que atrapan mirando ese cuerpo exuberante). Ese primer castigo da inicio a las desgraciadas aventuras de Antoine y este último nos anuncia en alguna medida el final.

Durante la entrevista con la psicóloga se muestra con mayor madurez que la que se puede esperar de un chico de su edad. A continuación, reproducimos algunos de los pasajes más interesantes de esta conversación que Antoine mantiene con la cámara:

Antoine muestra en esta entrevista unas inquietudes intelectuales: su afición por los libros y por las películas que no son correspondidas por sus padres. Este "desfase" de intereses ha provocado ese distanciamiento con ellos. Además, él se siente como hijo no deseado, no atendido y no entendido. En todo caso, ha tenido que ir tomando solo decisiones difíciles acompañado en todo momento más por la mala suerte que por la mala intención.

En último extremo, este retrato que nos ofrece Truffaut no es el de un delincuente sino más bien el semblante de un joven desgraciado y abandonado por sus padres, más interesados en el que dirán que en su propio hijo. Por tanto, al tiempo que Antoine desnuda sus sentimientos ante la cámara, se nos propone la búsqueda de los culpables fuera de ese encuadre directo.

En el diálogo que Antoine mantiene con la psicóloga, a la cual (como señalábamos) no vemos en toda la entrevista, se da una circunstancia que se da en toda la película y es que no hay una recreación, ni una exageración de las aventuras de Antoine, ya que más bien el tono emocional del filme es un tono medio, sin exageraciones. El muchacho ha hablado, nos ha hablado a través de la cámara y nos ha contado lo que le pasa. Eso es todo: así de sencillo y así de complicado al mismo tiempo, como lo es la propia vida.

Poco después de la entrevista, le visitará su madre y su amigo René al correccional, pero a su amigo no le dejarán pasar. Él se queda triste al verse privado de hablar con su mejor amigo que, recordemos, prácticamente ha hecho las mismas travesuras que él sólo que ha tenido más suerte. René también tiene una familia un tanto desestructurada y una forma de ser y actuar estrechamente relacionada con esta circunstancia.

La madre de Antoine le recrimina por haber escrito una carta a su padre hablando no muy bien de ella y le dice que ya no le puede recoger en casa porque los vecinos han murmurado mucho y que también él habrá contado cosas en el correccional y que no cuente con volver a casa. Solo y desesperado, decide huir hacía el mar.

Ese plano no es sólo el del final, es también el fotograma de la soledad (la soledad frente a la realidad, frente a la cámara). En el fondo, continua siendo un niño herido, maltratado, sobre el que desplegamos necesariamente todo nuestro romanticismo cuando contemplamos su magistral rostro en la pantalla en esos golpes de vista.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
Antoine se entristece cuando
no dejan pasar a su amigo René
para hablar con él, el día de
las visitas.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
El rostro apesadumbrado de
Antoine, después de hablar con
su madre, se funde con el camino;
por el que huirá más tarde.

fotograma de 'Los cuatrocientos golpes'
Momento final de la película,
en el que Antoine se escapa
y huye hacia el mar.


Notas

1 Fue el primer largometraje de François Truffaut y punta de lanza de la Nouvelle Vague. La película, una mirada a la infancia, marca el inicio de la colaboración entre Truffaut y Jean-Pierre Léaud con el personaje de Antoine Doinel, que continuará en posteriores películas en las que veremos al personaje crecer, enamorarse y convertirse en adulto (El amor a los veinte es una de ellas).

2 Jean-Luc Godard, Eric Rohmer, Claude Chabrol, Jacques Rivette y el propio André Bazin, entre otros, fueron los creadores de la Nouvelle Vague que abrió las puertas del anquilosado cine francés de aquel momento a la frescura de la calle. Creían que el director tenía que encontrase creativamente por encima de cualquier otro personaje envuelto en la filmación de la película.


Cita

«Vio y creyó» (et vidit, et credidit), anota lapidariamente San Juan: creyó porque vio, como más adelante otros creerán por haber tocado, y otros incluso por no haber visto ni tocado.

DIDI-HUBERMAN, Georges, Lo que vemos, lo que nos mira, Manantial, Buenos Aires, 1997, pág. 23.
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