Desde el estreno de la película, las críticas que ha recibido Ridley Scott han sido todas bastante negativas y en todo punto injustificadas. En resumen, los que le critican dicen, entre otras cosas, que cinematográficamente está muy lejos de ser una obra medianamente aceptable. Para ello, aducen que el guión es flojo y que profundiza muy poco en la psicología de los personajes, limitándose a marcar dos perfiles: el de los buenos y el de los malos, lo cual no es cierto en absoluto porque hay personajes más indefinidos y que se mueven siempre fieles a sí mismos.

fotograma de la película: El reino de los cielos

También ponen en entredicho sus decisiones visuales a la hora de narrar y, como guinda final, además, dicen que las escenas de la gran batalla están copiadas de El señor de los anillos. El retorno del rey. Por si eso no fuera suficiente, también les parece poco adecuada la música que utiliza. Y las críticas continúan aún (la lista parece sorprendentemente interminable) y, entre otras cuestiones, se comenta que todos los actores están desaprovechados, o sobreactuados, o con un papel que les cae un poco grande (refiriéndose claro a Orlando Bloom como Balian de Ibelin).

fotograma de la película: El reino de los cielos

Asimismo, parece ser que todo el mundo está un tanto decepcionado por la visión que Ridley Scott ofrece de las Cruzadas. Pero él siempre se preocupa en dejar claro que no es un documentalista sino que sus películas son todas de ficción. Sin embargo, nadie le puede culpar de ofrecer visiones distorsionadas de las realidades históricas que muchas veces ha tratado en sus películas (recordemos: 1492. La conquista del paraíso). Otra cosa es que duela, o siente mal, la franqueza y sinceridad con que las aborda.

La película es bastante mejor de lo que se ha dicho. Es más, se puede decir que es una película buena, si bien hace concesiones de cara a la distribución comercial de la cinta pero eso es algo que todos los directores que trabajan con las grandes productoras se ven obligados a hacer (también le sucedió a Peter Jackson con su trilogía de El señor de los anillos, con una recaudación susceptible de ser analizada como fenómeno mass mediático) y que, en su caso, jugaba con una historia fantástica y completamente ajena a un enfrentamiento con la realidad histórica. Así las cosas son más fáciles y las críticas más moderadas. Pero conviene no confundir el éxito comercial con la calidad del producto.

El respeto a las víctimas y el compromiso con la memoria

Ridley Scott, por su parte, ofrece su visión personal sobre las Cruzadas respetando lo más importante de toda esta historia negra, que es a las víctimas de la misma. Lo que no ocurría con otra reciente cinta que trataba otro acontecimiento histórico de gran trascendencia como El hundimiento (donde se veía en que medida el director intentaba que el espectador se identificara con Hitler, borrando de esta forma el genocidio cometido por el dictador nazi), cuando la identificación se debería haber trasladado a las víctimas y a la condena del acontecimiento siniestro.

Por eso, es importante que en El reino de los cielos se respete a las víctimas y, lo que es más, a la realidad de la historia porque lo que no se puede negar a estas alturas es que las Cruzadas fueron unas batallas en las que tropas cristianas invadieron salvajemente tierras musulmanas y cuyas consecuencias perduran hoy en día con un culpable claro: Occidente. Es muy difícil acusar a los musulmanes de un supuesto intento de invasión cuando los cristianos fueron los primeros en irrumpir en sus tierras, en lo que fue la antesala del colonialismo que aún perdura hoy en día.

Jeremy Irons (Tiberias) lo dice claramente en la película. En una conversación que mantiene con Balian ya casi al final del film (cuando tiene previsto irse a Chipre), le cuenta como, al principio, pensaba que estaba en las Cruzadas para defender a Dios y estaba orgulloso por ello. Más tarde, se dio cuenta de que se batallaba por riquezas y territorios (la realidad de las Cruzadas fue esa aunque a muchos les cueste reconocerlo) y empezó a sentirse avergonzado.

fotograma de la película: El reino de los cielos

Los escenarios de horror han sido muy frecuentes durante este siglo XX (I y II Guerra Mundial, el nazismo, las guerras del golfo, las hambrunas, los continuos genocidios… La lista también es sorprendentemente interminable). En este contexto, parece que una historia como las Cruzadas nos quedan demasiado lejos, pero no es así porque para entender lo que pasa ahora, en la política internacional, es necesario ir a ese punto en el que Ridley Scott ha puesto de forma responsable y humanitaria sus ojos y su cámara. Y, precisamente, también su humanismo ha sido duramente criticado. Algo inexplicable a no ser que lo que se esté intentando es hundir a un director con conciencia.

Es una posición la suya muy interesante porque tomar una postura política en estos momentos que vivimos de horror en algo que se agradece por lo que supone de compromiso para con las víctimas, la memoria y la verdad (la esencia) de la historia. Buscar la substancia de la verdad de unos hechos históricos es lo que él ha intentado y ha conseguido. Un objetivo difícil y que no muchos realizadores logran. Pero no he leído en ningún sitio este gran detalle cuando se habla de la película. Y, también, cumple con el cine: al ofrecer una historia tan personal, de estética y diseño impecable, al tiempo que es emocionante y comprometida.

El camino del héroe y el problema de la identificación

Lo que sí he leído es que no hay quien se crea que un simple herrero pueda llegar a ser todo un gran dirigente del ejercito cristiano. Y esto también está tergiversado porque lo que Ridley Scott traza con precisión en la película es precisamente el papel del héroe. Y parece que nos hemos olvidado ya todos de que el héroe no es dueño de un destino que debe cumplir aún a su pesar y de que la narración le “arrastra”, como al resto de los personajes.

fotograma de la película: El reino de los cielos

No es entonces la frialdad, ni falta de emoción o de identificación del espectador con los personajes lo que sucede en la película sino que, en este caso, es el relato el eje central sobre el que gira la identificación. De tal fuerza es lo que cuenta Ridley Scott que la historia es la protagonista. No sé si esto despejará las dudas de los que han criticado una supuesta falta de identificación del espectador con los personajes. A lo mejor no han contado con que la proyección funcione sobre otros elementos estético y/o discursivos.

De hecho, la evolución del protagonista hacia su papel de héroe se hace de forma comprensible y lógica. Y, en lo que a él respecta, todo va desarrollándose sin que pueda hacer nada más que verse implicado en la historia. Los acontecimientos se van “tejiendo” hasta que el héroe acaba en ese papel forzado por las circunstancias. Una vez cumplida su función retorna a su puesto: el de herrero. Entonces, el recorrido está claro y no entiendo tampoco muy bien el por qué de esas críticas.

fotograma de la película: El reino de los cielos

El final de la película es igual que el principio. Es el momento, de eterno retorno, en el que todos le reclaman que acuda de nuevo a Jerusalén a terminar lo que empezó y poco importa que sea un herrero u otra cosa, el destino le tenia preparado otro cometido. En todo caso, parece que se hace necesario volver a comprender y a construir el papel del héroe en toda su dimensión simbólica, a pesar de los intentos por hacer todo lo contrario por parte de la industria cinematográfica contemporánea.

fotograma de la película: El reino de los cielos

Deberíamos reflexionar sobre esto y preguntarnos qué ha podido pasar para que ya no entendamos qué significa la figura del héroe en toda su complejidad y, lo que es peor, que tampoco sepamos que todavía hay espacios sagrados en los que la palabra verdadera y definitiva debe ser dicha y escuchada. Ridley Scott, a su manera, nos invita a esta introspección. Este es otro mérito más del film.

La “mascarada”, el relato y los muertos

La película pone en evidencia toda la “mascarada” que rodeó al fenómeno de Las Cruzadas. En primer lugar Ridley Scott lanza una crítica de gran dureza a la hipocresía que envuelve a los objetivos últimos de estas invasiones cristianas; dejando a la vista que bajo el lema: “es la voluntad de Dios” se han cometido las mayores tropelías. Por eso, seguramente, nos muestra campos repletos de muertos, así como la perversidad y el belicismo de muchos de los lideres cristianos.

Pero vayamos ahora al argumento para poder ir viendo las huellas de la “mascarada”. Balian (Orlando Bloom) es un herrero francés que ha perdido a su hijo y a su mujer (que se suicida tras la muerte del niño). Es hijo –aunque él no lo sabe– de Godofredo de Ibelin (Liam Neeson), un caballero reconocido del rey de Jerusalén, papel de monarca que interpreta Edward Norton (un actor extraordinario) y que aquí aparece enmascarado porque está enfermo de lepra.

Godofredo va a buscar a Balian para decirle que es su padre y para que le acompañe a Jerusalén. Balian, en principio, se niega porque aún no ha superado la muerte de los suyos y parece no tener fe. Nada más irse su padre, Balian asesina al religioso que ofició el entierro de su mujer por haberla decapitado y condenado al infierno por ser una suicida. Además, descubre la mezquindad del cura al darse cuenta de que ha robado el crucifijo a su mujer. Tras el crimen, huye y va al encuentro de su padre y los cruzados que le acompañaban. Juntos hacen frente a las autoridades que quieren detener a Balian. Durante el enfrentamiento Godofredo resulta herido de gravedad y morirá después en Jerusalén.

fotograma de la película: El reino de los cielos

Y es aquí, en Jerusalén, donde más adelante le tocará jugar el papel de héroe. En principio, hereda las tierras de su padre y conoce a Sibylla (Eva Green), hermana del rey “enmascarado”, casada a la fuerza con un hombre muy belicista (Guy de Lusignan, interpretado por Marton Csokas) y que se enamora de Balian. A pesar de que el rey de Jerusalén ha conseguido mantener la paz entre cristianos, judíos y musulmanes, las cosas se complican por las continuas conspiraciones organizadas por los templarios y por su propia enfermedad que le va debilitando.

fotograma de la película: El reino de los cielos

fotograma de la película: El reino de los cielos

El rey consigue evitar una primera batalla con las tropas de Saladino (Ghassan Massoud) y, a la vista de las continuas conspiraciones cristianas contra los musulmanes, antes de morir, le pide a Balian que se case con su hermana Sibylla y así pueda acceder al trono. Balian se niega y al morir el rey, el marido de Sybilla reina en Jerusalén y sale con su ejército al encuentro de Saladino, obteniendo una derrota estrépitosa. Después, Balian, forzado por los acontecimientos, se ve obligado a tomar el mando de la defensa de Jerusalén.

Tras este relato, se descubre una gran mascarada caracterizada por una mezquindad inmensa y, sobre todo, unos resultados estremecedores. Ridley Scott, decíamos antes, no tiene ningún reparo en mostrarnos los muertos y muertos de una contienda que se percibe como absurda y contra natura en unos escenarios apocalípticos, oscuros y compuestos desde los efectos digitales.

fotograma de la película: El reino de los cielos

La concesión de Ridley Scott al efectismo es evidente, pero esto es casi una constante en las producciones comerciales norteamericanas. En general, consigue que este efectismo se integre en una narración hasta cierto punto mágica (por ser heroica). En este contexto, la historia de amor entre Balian y Sybilla queda en un segundo plano, supeditada a la historia principal, que es la del horror de las Cruzadas.

La cámara, los personajes y las batallas

Al hacer un tipo de cine bastante subordinado al efectismo, los encuadres y movimientos de cámara se ven supeditados siempre a esta finalidad. Para salvar esta situación, Ridley Scott trata de jugar con el ritmo de las imágenes e intenta disociar la acción de lo que sería su movimiento previsible. En otros términos, algunas escenas de batalla se muestran con mucha rapidez pero también ralentizadas (a cámara lenta). Otras escenas más tranquilas, se exhiben a veces un tanto aceleradas.

fotograma de la película: El reino de los cielos

Hay, por lo demás, otra virtud en la película a la que aún no nos hemos referido y que tiene que ver con los intentos de Ridley Scott por profundizar en el simbolismo de las imágenes de la historia que nos está contando. Como ejemplo de esto tenemos el personaje fascinante del rey enmascarado de Jerusalén. Un hombre que lleva en su propio rostro (oculto) la monstruosidad de una enfermedad que degenera su carne, al tiempo que se van destruyendo los propios objetivos loables con los que a los 16 años había iniciado sus combates en las Cruzadas. Azotado por la enfermedad, es un personaje carismático y conocedor del alma humana. Contiene en sí mismo esta figura una triada explosiva: la de ser a la vez víctima, verdugo y héroe que literalmente se “pudre”.

fotograma de la película: El reino de los cielos

En el lecho de muerte, su hermana le quita la máscara y todos podemos ver un rostro monstruoso. Un rostro metafórico que, como metáfora que es, retornará después de muerto en su decrepitud física cuando Sybilla se corta el pelo frente al espejo. Un espejo que refleja el cuerpo del horror, el rostro de su hermano ya muerto.

fotograma de la película: El reino de los cielos

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Los momentos finales de la película están dedicados al asedio de Jerusalén. Las catapultas lanzan bolas de fuego que nos recuerdan fugazmente a esos escenarios de fuegos artificiales de la primera guerra del Golfo. Sólo que en la película sí vemos como esas bolas son algo más que fuegos artificiales en el aire. Vemos asombrados que impactan contra las murallas y contra los hombres que perecen a cientos, bajo la dictadura de la intolerancia y de la visión sin conciencia.


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Historia de una sociedad en la que el individuo vivía completamente asfixiado, en una atmósfera de continua vigilancia por la policía del pensamiento. Sociedad guiada por un doble pensar: la neolengua, donde la única vía de salvación no era la sumisión sino la convicción absoluta. La historia era una farsa...

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Cita

Los artistas y escritores que se encaminen hacia una práctica cultural abiertamente política deben prescindir de su propio elitismo profesional y estrechez de miras.

SEKULA, Allan, “Desmantelar la modernidad, reinventar el documental. Notas sobre la política de la representación”, en Efecto real. Debates posmodernos sobre fotografía (Jorge Ribalta, ed.), Gustavo Gili, Barcelona, 2004 , pág. 37.
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